Una de las cosas que distinguen mi carácter, y que en él sirven de contraste á ciertos arranques impetuosos, es la grandísima flema con que muchas veces me detengo, aun en los parajes mas públicos, á mirar objetos que son tenidos por la gente de frac y levita como indignos de llamar su atencion; así no es estraño hallarme con tamaña boca abierta parado delante de una tienda de estampas contemplando una testa contrahecha de Napoleon, un Gonzalo de Cordóva patituerto, ó un Luís XIV jorobado, y allí me estoy largo rato, para despedirme despues con una sonrisa: tampoco es raro el verme detenido en medio de una calle, estorbando, si es menester, á los que pasan, para oir la ensarta de disparates con que un ciego publica el romance nuevo, donde se da razon de la batalla sangrienta de los doce Pares de Francia contra los moros mandados por don Juan de Áustria.

Un dia, no muy lejano de este en que escribo, iba yo por una calle muy concurrida, cuando picó mi natural curiosidad un grupo de personas apiñadas al rededor de una especie de cajon pintado de verde y colocado sobre un trípode de cuatro palmos de elevacion, y que tenia en el frente que daba á los espectadores un cristal de forma circular. Cada uno de los que se acercaban á mirar por él entregaba un dar de cuartos á un hombre estravagantemente vestido, que tocaba el tamboril; mientras un muchacho de unos doce años, cubierto de harapos, y no tan limpio como cualquier cosa sucia, gritaba sin parar, diciendo:

—Vamos, señores; ¿quién por dos cuartos no ve todos los paises de la tierra y de la luna? Reparen el ahorro de dinero que esto puede proporcionarles.

—Aquí, aquí, señores y señoras de ambos secsos, y verán, sin necesidad de estropearse corriendo en un carruaje, de marearse navegando, ni de morirse de hambre y de asco en las posadas, todo lo que pasa desde la isla del gigante Rebientapanzas, situada en el cuerno izquierdo de la luna, hasta los trópicos del polo norte, y desde allí hasta la casa del Preste Juan de las Indias.

Los circunstantes pagaban é iban mirando uno despues de otro por el cristal, retirándose despues muy satisfechos; el muchacho gritaba mas fuerte cuando disminuia el número, y así continuó por un largo rato: íbame yo á marchar, cuando le oí que decia entre varios otros despropósitos:

—Ea, señores, aprovechen el dia, que esto no se logra sino una vez al año; saquen esos cuartejos que se les estan pudriendo en los bolsillos, y prevengan otros para esta noche, que el maestro dará una gran funcion de magia en la calle de los Imposibles, número treinta, primera habitacion bajando del cielo. Allí verán ustedes como se adivina lo que ha de venir, y se dice lo que cada prójimo piensa de los demás, y los demás de él.

Al escuchar esto me acerqué al que el muchacho llamaba maestro, y que en realidad le convenia este dictado en la ciencia de los embrollos y mentiras.

—Oiga V., le dije, seria V. capaz de alcanzar lo que pensarán de cierta obrita en cierto país que yo sé.