—Sí señor, y por de pronto digo: que esa obrita se titula El Gíbaro y V. es el autor.

Quedéme pasmado, y él añadió:

—No estraño la turbación de V.; lo mismo sucede á todos; pero, perdone V. que no puedo entretenerme, y si quiere ver maravillas no deje de ir esta noche á mi casa.

En efecto, llegué á ella de los primeros, y despues de aguardar cerca de dos horas, se corrió una cortina, y empezó la funcion por mi pregunta, que habia sido la primera, despues de un rato de música de pito y tamboril.

—Muchacho, dijo el charlatan, métete dentro del diablo.

Así llamaba una cara disforme mal pintada en un lienzo blanco, detrás del cual se metió el asqueroso muchacho.

—¿Estás ya listo?

—Sí señor, ya estoy dentro.

—Vamos pues, dime lo que ves; prosiguió el maestro, á guisa de magnetizador.

—Señor, veo una ciudad en que hay unos cuantos que oyen leer un libro: los unos rien, los otros bostezan; que bueno es esto, dicen unos; que malísimo, dicen otros; cada cual cree conocer mejor que los demás donde está el mérito y donde las faltas.