—Bueno, muchacho; y ¿qué mas?
—Hay uno que dice que el autor es rubio; otro que moreno, y otro que negro.
—Muchacho, sigue, esos son unos tontos.
—Señor, hay una vieja que dice que es hereje.
—Chico chico, deja esa vieja, que despues de haber dado, como se dice, la carne al diablo, quiere dar ahora los huesos á Dios.
—Hay dos guapos mozos que en cada personaje ven un retrato de una persona que conocen.
—Pues dale un coscorrón á cada uno de esos guapos mozos, para que aprendan á ver la falta y no el culpable, y para que sean mas nobles y no crean tan bajo al autor.
—Señor, señor, veo á dos que estan á punto de desafiarse, porque el uno dice que el autor es frio, y el otro que demasiado caliente.
—Déjalos que se rompan las narices, que los dos piden peras al olmo.
Habló despues el muchacho de infinidad de tipos, que no dejaron de servirme de diversion: poetas que jamás han escrito un verso, literatos que ¡Dios nos asista! críticos ignorantes que hallaban un defecto en el perfil de cada letra, y amigos desconsiderados que todo lo aplaudian; finalmente dijo: Ahora alcanzo á ver unos señores muy comedidos que discuten sin enfadarse y que hacen con mucha calma sus observaciones.