Los padres de familia, por indiscreta confianza en sus hijos, los dejan á veces enteramente libres en un país nuevo para ellos y colmado de tales atractivos que pueden seducir al corazon mas frio: diversiones de todo género, mujeres tan hermosas como venales que pululan en los parajes mas públicos, compañeros harto complacientes para enseñarles el camino de su perdicion, y dinero en abundancia para satisfacer sus caprichos; son los elementos de su ruina: ¿somos acaso ángeles del cielo para poder resistir siempre á tanta seduccion?

Otros hay que por un esceso de celo se fian demasiado, y dan facultades amplias sobre sus hijos á sujetos indignos de tenerlas, y los cuales contribuyen no poco á que se estravien, teniendo para con ellos ó un absoluto descuido, ó un rigor inconsiderado.

La cantidad destinada para la instruccion y sustento de un jóven debe tambien pensarse mucho, no fiándose nunca de informes de personas estrañas, sino de los padres de alguno que esté en igual caso y que tenga buena conducta. Del olvido de esto puede resultar que un jóven se estravie por tener demasiado, ó que contraiga obligaciones que despues no pueda cumplir, por carecer de lo preciso para sostenerse con decencia y adquirir lo necesario á su carrera.

Hasta las cartas de recomendacion deben tenerse en cuenta al enviar un jóven fuera de su país: las dirigidas á personas ricas y de una clase elevada, no son las mas útiles en ciertas circunstancias; porque estos sujetos, si no tienen relaciones íntimas con el que recomienda, y quizás aunque las tengan, lo mas que hacen, por lo comun, es obsequiar al recomendado con su palco abonado en el Teatro, convidándole á comer, presentándole en tertulias y dándole todos los buenos ratos posibles, pero que cada uno de ellos no deja de ser una distraccion. Esta clase de recomendaciones son buenas para despues de pasado algun tiempo, mas no al principio, cuando es necesario todo el dia para empezar bien el estudio; por otra parte, creer que el que tiene escelente posicion social haya de ir acompañando á un jóven á suplicar y á cuestionar con los empleados de la Universidad, es creer un despropósito.

Una carta para uno de estos empleados, sea cual fuere su clase, ó para un estudiante adelantado en la carrera, vale mucho mas que aquellas, que, como he dicho, son buenas para mas tarde; y aun entonces deben economizarse, pues el jóven que se conduce bien, tiene entrada en todas partes, y le sobran siempre buenas relaciones.

Algunos de mis paisanos se dedican á la carrera de Ingeniero civil, ignorando sin duda sus muchas dificultades; y por esta razon advierto á los padres de familia, que en el colegio de Ingenieros civiles de Madrid, el único de España, solo se admite un número determinado de alumnos, que para entrar en él necesitan estudios que no pueden hacerse en Puerto-Rico, y que aun teniéndolos, y saliendo bien de un ecsámen rigoroso, no es seguro el conseguir una plaza solicitada por muchos otros con igual mérito, con favor y con grandes recomendaciones, porque del colegio salen ya con un sueldo pagado por el Gobierno. Hablemos de los estudios del estranjero.

Muy encontradas son las opiniones sobre si es conveniente ó no, que un jóven estudie en el estranjero; razones hay que á primera vista parece nos convencen de ser no solo útil, sino casi indispensable.

Es cierto que los métodos de enseñanza han llegado fuera de España á un grado mayor de perfeccion; mas no lo es menos que un jóven que desde niño se ha educado en una de esas capitales colocadas al frente de la civilizacion, al volver á Puerto-Rico siente en su alma un vacío inmenso: aunque ame á su familia, echa de menos aquellas costumbres en que ha sido criado, y que no halla en su patria. Adquiere un nuevo idioma, pero esto es no pocas veces olvidando el suyo. Yo he conocido jóvenes de instruccion brillante, que á los aficionados llamaban jugadores por amor, á la gorra de cuartel bonete de policía, que en lugar de V. me adula decian V. me flatea, y otras por el mismo estilo. ¿Debe pues huirse de ir al estranjero?

Mi opinion es que no; pero es preciso aguardar á que los hábitos del país se fijen con la edad y con el estudio, de suerte que, aunque los cubra el barníz estranjero, vuelvan á aparecer con los aires de la patria. En una palabra, debe un padre enviar su hijo á perfeccionarse en cualquier carrera; pero no á comenzarla y acabarla fuera de España.