—Tristeza me da, amigo mio, el ver á un padre engañado de ese modo; ¡pobre padre y pobre patria, si de él necesitan algun dia!
—Pues no hemos llegado á lo mas curioso, y es que él cree amar mucho á su país, porque contínuamente dice pestes de todos los demás, y alaba cuanto hay en aquel, sea bueno ó malo; ¿se trata de adelantos en las ciencias ó artes? pues allí es donde no pueden hacerse mayores; ¿de cultura, buenas costumbres, etc., etc.? su tono es decisivo y su juicio no tiene apelacion: mas de una vez me he sonrojado, porque delante de personas respetables por su edad y erudicion ensarta tales disparates que es capaz de trastornar al cerebro mejor sentado.
En este punto interrumpió nuestro diálogo la llegada de otros amigos, y nos olvidamos por entonces del objeto de él, hasta que la casualidad me facilitó el terminarlo de un modo que no esperaba.
II.
Cuatro ó cinco dias despues, volvimos á encontrarnos los dos, aunque en distinto lugar. Este era un café. Apurábamos cada uno su taza que parecia ser de Caracolillo segun la fragancia que despedia, recordando aquellas Islas en que tanto y tan bueno se cosecha, cuando vimos entrar al señorito conocido nuestro, del fastidio, y de las conquistas, el mismo que algunos dias antes nos habia dejado en la muralla, acompañado de otros no sé si maestros ó discípulos suyos, pero que se le parecian bastante. Saludámonos, y sentáronse en nuestra mesa. De repente se me ocurrió una idea, dí una ligera pisada al amigo Pepe, la cual acompañé con un signo de inteligencia, y dije:
—¿Saben Vds., señores, que he tenido esta mañana un malísimo rato oyendo hablar á un inglés recien llegado de mi país? Figúrense Vds. un hombre como un castillo, con una cara redonda como una jigüera, que á pesar de saber donde nací, se empeñó en decir que aquello es un destierro, que allí no hay mas que bárbaros, que la civilizacion no ha llegado aun, que se ignora hasta el a, b, c, de las artes que en todo el mundo estan ya olvidadas, y siguiendo así no dejó nada en paz.... ¡Infelices de nosotros, y qué tunda llevamos!
—¿Y qué le respondió V.? contestó nuestro jovencito.
—¿Qué hubiera V. respondido?
—¿Yo? que era un bestia, un mal educado, que no tenia presente que hablaba con un Puerto-riqueño.
—No hubiera sido mal dicho, porque bestialidad, mala educacion é insolencia, es decir mal de un país delante de quien nació en él, (esta vez fuí yo quien me sentí pisar debajo de la mesa); pero habia un pequeño inconveniente, y es, que á mí no me acomodaba batirme á puñetazos con un gigante, y menos siendo inglés, porque sus padres no le habian educado mejor.