—Nunca, dijo finalmente, nunca podré querer bien aquella maldita tierra; porque además de todo lo que he dicho de ella, me hizo perder mi salud.... sí, mi salud (repitió, notando que se reian), mi salud; porque aquí donde VV. me ven tan gordo y de buen color, jamás tengo el estómago bueno; he gastado un dineral, y siempre lo mismo; los avestruces médicos de su Isla de V. (dijo mirándome) no saben curar nada, sino privándole á uno el tomar su copita de rom, que tan necesaria es para que se siente bien la comida.
—Dice V. muy bien, esa es una privacion terrible, mas valiera no tener una patata para entretener el hambre, como dicen que no tienen los Irlandeses del país eminentemente civilizado que llaman Inglaterra.
Cuando decia esto, tenia mi sombrero en la mano, y sin dar lugar á otra contestacion, me despedí disgustado, como es natural, de oir que un hombre que debia á mi patria la fortuna, de cuyas ventajas iba á disfrutar en otra parte, fuese tan ingrato con ella: pensaba, y no podia comprender como entre tantos que van pregonando la bondad del clima, la sencillez de costumbres, la dulzura de carácter y la hospitalidad de sus moradores, con otras muchas gracias que derramó allí el Criador á manos llenas, hubiese uno que llegara al estremo de desconocerlas.
En todo el dia no he podido olvidar aquella escena, y por mas que hago por vencerme, creo que el amor á mi país sofoca las muy justas reflecsiones que en vano procuro traer á la imaginacion.
—Y basta y sobra esa causa: yo no puedo sufrir que digan lo mas mínimo del mio (replicó nuestro criollito), así es que para vengarme no paso ninguna donde quiera que estoy, y á todo el mundo le canto clarito las faltas del suyo.
El compadre Pepe, viendo que no me habia comprendido, se espresó en estos términos:—No puede darse un país tan malo que no tenga algo que alabar; ni tampoco hay uno tan bueno que nada pueda decirse en contra suya: son los pueblos tan distintos unos de otros como los hombres entre sí: ¿qué hombre hay completamente hermoso? ¿y podria una misma hermosura parecer igual á todos los habitantes de la tierra? seguro es que no: desprecian estos lo que aquellos ensalzan, y aman aquellos lo que á estos es odioso. En una misma nacion, cada provincia quiere ser la mejor, en una provincia, cada poblacion, y en una poblacion, cada casa. Todos tienen sus buenas y malas cualidades, y del conjunto de ellas resulta un sello particular que distingue á unos de otros, y que sirve al hombre de talento, no para ajar á sus semejantes, sino para utilizar en provecho de la humanidad y en el suyo propio las virtudes, y aun los vicios, que todos tenemos.
Volviendo ahora á nuestras Antillas, ¿qué seria de ellas sin los muchos que allí van, como suele decirse, á hacer fortuna? Figurémonos por un momento que nada agradezcan, y que hagan como el inglés que tanto ha incomodado á nuestro paisano, ¿qué lograrán con esto? chocar si dan con uno que sea vivo de genio, ó que se les rian los que les oyen, si son personas instruidas y prudentes: mientras tanto ellos han abierto allá una casa de comercio, ó han montado una hacienda de caña ó cafetal, etc.; abandonan, es cierto, el suelo en que se enriquecieron; mas esto no es un crímen; ¿quién es el que no desea volver á ver á sus padres, sus amigos y allegados, los compañeros de sus juegos infantiles, la casa y los muebles cuyas señas recuerda uno tan bien cuando está ausente? ¿quién es el que no suspira por oir aquella campana que le llenaba de tristeza á la hora de ir á la escuela, y de placer la víspera de un dia festivo?
Poco importa al país que la casa corra bajo tal ó cual razon social, que la hacienda se llame con este ó el otro nombre; el resultado es que el propietario aquel deja un nuevo núcleo de riqueza que ya no se mueve de la Isla; á cada uno que sale de este modo, en vez de tildarle, débesele estar muy agradecido.
Cierto es que hay algunos, por dicha nuestra muy pocos, á quienes puede llamarse ingratos; pero á estos puede oponerse otro número, tambien afortunadamente muy escaso, de hombres que en nada estiman el adelanto y prosperidad de su patria, puesto que nada es para ellos el aumento de poblacion y riqueza.
Concluyo pues diciendo: que para hablar de un país es necesario antes conocerle y estudiarle mucho; que se debe apreciar y proteger en gran manera á los forasteros para que nunca puedan quejarse con justicia; que siempre es arriesgado el oficio de censor, y que nada prueba tanto los buenos sentimientos y la educacion esmerada como el juzgar de los demás con benevolencia.