D. Santiago Vidarte.
La literatura, ha dicho un escritor célebre de nuestra época, es la espresion, el termómetro verdadero del estado de la civilizacion de un pueblo: verdad innegable, que se ve confirmada en nuestra Antilla. Pocos años hace que vió la luz en ella la primera publicacion literaria, y pocos tambien que se nota un verdadero progreso: aquella fué la señal de este, y los hijos de Puerto-Rico no aplaudimos entonces desde Europa la aparicion de un libro nuevo, tanto como el felíz cambio que simbolizaba.
Pero este cambio, como es natural, no pudo verificarse en un momento; los demás ramos del saber humano se van estendiendo poco á poco, y la literatura marcha sin avanzar mas de lo que permiten las circunstancias del país: verdadera crisálida que acaba de romper su envoltorio, mas bien camina que vuela, y no se aparta de una hoja sino pasando á otra de la misma planta; pero si le falta vigor, si no tiene, como algunos pretenden, una region en que volar, luce ya los vivísimos colores en sus alas, el sol las dora, y no tardará en lanzarse al espacio, posándose veleidosa sobre las flores que bordan la campiña.
Los escritores de Puerto-Rico, la mayor parte poetas, son casi desconocidos fuera de aquella Isla; sus producciones respiran ingenio y revelan imaginacion ardiente; el genio brilla en ellas, pero tímido y saliendo apenas de la senda trazada por otros. ¿A qué se debe esto, cuando el tender la vista al rededor y copiar, basta en las Antillas para deslumbrar á los que miren despues el cuadro? Sin ofender á talentos que reconozco muy superiores al mio, creo que es debido á que ni el terreno está preparado, ni el grano bastante maduro. Cuba ha dado un Heredia, un Valdés, un Caballero, un Saco y otros; pero no los dió hasta llegar á un grado de adelanto que todavía no hemos alcanzado nosotros.
Cuando nuestra enseñanza sea mas completa; cuando las artes y la industria sean mas generalmente conocidas; cuando nuestra agricultura acabe de salir de la antigua rutina; en una palabra, cuando podamos compararnos sin desventaja con la Isla de Cuba, entonces estará el terreno preparado. Cuando una juventud ávida de instruccion adquiera en las escuelas del país la que ahora solo puede alcanzar un reducido número de privilegiados; cuando esta juventud se dedique á profesiones que en el dia se miran con desprecio, porque son casi ignoradas, entonces estará el grano en sazon y brotará dando despues abundantísima cosecha. Sembrar en un campo cubierto de malezas es perder el tiempo y la semilla.
Los escritores de Puerto Rico deben demostrar la utilidad de una instruccion artística é industrial, de que por desgracia carecemos, y arrostrar si es preciso la peor de todas las críticas, la mordacidad del ignorante; deben..... ¿y porqué me detengo en decirlo? debemos estudiar, meditar y discurrir mucho, puesto que somos jóvenes, para servir despues de ejemplo á los que nieguen el benéfico influjo del saber. ¡Cuán dichoso el que llegue á ser citado por modelo! Vístase el pensamiento con las formas que se quiera, pero que sea siempre uno; siga cada cual su rumbo, pero vayamos todos al mismo término, evitando que una enseñanza viciosa por lo incompleta reuna combustibles, que puedan servir para la hoguera en que nos quemaria la barbarie. ¡Cuán lamentable es la historia de Santo Domingo! Cuán arriesgado el crear una universidad que llene de médicos y abogados un país en que las artes y la industria no bastan á mantenerlos! Pero dejemos esto para los que cuidan de nuestro porvenir, contentándonos con que las anteriores líneas llamen su atencion sobre un punto que interesa hasta lo sumo, y pasemos á ocuparnos del primero de nuestros jóvenes poetas.
Don Santiago Vidarte, casi niño todavía, ha merecido con justicia el título de primer poeta puerto-riqueño, y no tememos al darle este dictado incurrir en la nota de parciales, que supondria no muy sobrada instruccion, y mas que poca generosidad en los ingenios que pudieran disputárselo; reconocemos la altura á que llegan otros, y hubiéramos estudiado con mucho gusto sus producciones para dar sobre ellas con toda cordialidad nuestro humilde voto; pero por una parte la desconfianza natural al crítico novel, y por otra el temor harto fundado de que la espresion de nuestro pensamiento se interpretase como ínfulas de preceptista nos han desanimado, haciéndonos pasar ligera y superficialmente por la primera parte de esta escena. Además, todos los escritores de Puerto-rico viven por fortuna y son jóvenes; ¿quién sabe adonde llegarán con el tiempo y el estudio? al paso que Vidarte murió ya; y aunque mucho hizo, rompióse la rueda, y volcó su carro apenas comenzada la senda gloriosa de su triunfo.
En dos épocas pueden dividirse las poesías de Vidarte: entre ellas no media mas que el corto espacio de dos años; y sin embargo, ¡cuánta diferencia! ¡cuán inmensa la distancia que separa una de otra! Ensayaremos su bosquejo, y muy felices nosotros si podemos trasmitir al lector una pequeña parte de la triste veneracion que nos inspira el recuerdo de ese lucero de los Trópicos, que brilló para morir antes que pudiera admirarse su hermosura.