Auras de amor, que pacíficas
del mar las olas besais,
venid con livianas ráfagas
nuestra esperanza á arrullar.
Venid, amorosos céfiros,
que la flor enamorais,
y con vuestras alas plácidas
nuestra piragua empujad
¡Soplad!
La metáfora empleada al hablar de la montaña de Luquillo es valiente, natural, nueva y sublime: en efecto, ¿qué puede añadirse al último verso de esta cuarteta?