Soy yo de aquellos, y esto no importa mucho al lector, que tienen la costumbre de no dormir sin haber leido antes algo, y este algo suele ser de aquellas materias que necesitan mas recogimiento y meditacion, pues creo que nunca como en el silencio de la noche puede uno separarse del mundo real, para elevarse al imaginario; sobre todo cuando se ha pasado el dia sin penas, cosa que el hombre jóven logra algunas veces, antes de ser el gefe de una familia, ó mientras no tiene que gobernar por sí mismo la nave de su porvenir.

En fuerza de este hábito, habíame acostado en una de las noches de enero, teniendo la luz á la cabecera de mi cama, y en las manos un tratado de enagenaciones mentales, en el cual leí no pocas páginas con cierto entusiasmo mezclado de tristeza, al ver que, si el hombre puede llegar por su genio á elevarse sobre sus semejantes, puede tambien, por un misterio insondable hasta el presente, carecer hasta de los instintos que la Providencia concede á los brutos. Mis reflexiones me condujeron á bendecir á los que, con sus talentos é inagotable amor á la humanidad, han hallado el camino de volver á la especie humana á algunos seres que de ella no conservaban mas que la figura. Quedéme dormido, y á poco empecé á soñar lo que sabrá el lector, si tiene paciencia para leer toda esta escena.

Estaba yo en cama, aunque despierto, cuando me veo entrar en mi cuarto cuatro señores muy respetables, sin hacer ni el menor cumplido y con la misma franqueza que entra el aprendiz de la imprenta al amanecer á pedirme original para el cajista.

—Buenos dias, Señor, dijo el mas anciano con tono dulce y acento estranjero.

—Beso á V. la mano, respondí yo incorporándome y haciendo una inclinacion de cabeza, para contestar á la reverencia muda de los otros tres. Tengan Vds. la bondad de sentarse, añadí, que voy á vestirme corriendo para ponerme á sus órdenes.

—Oh no, no; perdon, no queremos que V. se moleste por nosotros.

—Nada de eso, iba ya á levantarme; y aunque no es muy tarde, no me es de ningun modo molesta la visita de Vds.

—Yo, continuó el anciano luego que estuve sentado junto á ellos, soy Pinel, y estos señores que me acompañan son Esquirol, Calmeill y Leuret.

—¿Cómo? interrumpí yo ¿V. es el célebre nosógrafo, y estos señores son los directores no menos célebres de la S.. C.. y B..? Vamos: no se burle V. de mí, ¿me cree V. tan tonto que piense que los muertos resucitan, y que ciertos vivos vengan á mi pobre casa?

—No me burlo á fé mia; y para que V. se convenza, voy á contarle como he venido desde el infierno, que es mi morada en el otro mundo, á parar á la casa de V.