en mi delirio á veces he olvidado...
pero si tengo un corazon de hombre,
¿que hacer, Señor, si el hombre es el pecado?
¡Humilde piedad, uncion evangélica, sublime resignacion, cuánta virtud en una alma tan tierna! y nunca podrá la envidia decir que Vidarte no abrigaba en su corazon esa esperanza en un Dios misericordioso que tan bien espresan los anteriores versos, no, es imposible que donde no hay creencia haya verdadera inspiracion; además, nosotros, que seguimos uno á uno los pasos del mal que destruyó su existencia preciosa, sabemos la serenidad con que aguardó el momento solemne, mientras su razon estuvo libre. No habia ya esperanza... ¡Solo en Dios!... y era preciso que sus amigos lleváramos al ministro del Altísimo junto al lecho del dolor, despues de anunciarlo al moribundo... La voz del cantor de los palmares desfalleció mas de una vez, y la nuestra se anuda en la garganta al recordar aquella escena. No habia allí mas que uno tranquilo y resignado, y este era Vidarte. ¿Con qué no tengo remedio? dijo con voz entera y muy segura: con todo, no me dejen Vds. morir sin que venga á verme el Doctor S., pero antes, que venga el confesor.
A los pocos dias murió en los brazos de sus amigos, despues de un delirio en que repetia muy á menudo los nombres de sus padres y hermanos, los de sus bienhechores y el de su patria, añadiendo siempre: es preciso estudiar ... estudiar; es menester que yo trabaje mucho. A su modesto coche fúnebre seguian mas de veinte, que apenas bastaban para conducir las personas que espontaneamente fueron á su entierro; leyéronse junto á su tumba sentidas composiciones en prosa y verso; mas nosotros callamos entonces, como callamos ahora, porque ahora como entonces nada podemos, mas que verter amargas lágrimas.