—Bien, muy bien, hijos mios: pláceme en gran manera el bienestar de que disfrutais, y á no ser por la algazara que moviais al entrar, y por el traje no muy arreglado de algunos de vosotros, no os tuviera por enfermos: tal es la cortesía con que os habeis conducido en mi presencia; sobre todo me ha parecido escelente la arenga de este buen señor.

—Yo no soy buen señor, interumpió el loco, yo soy el legítimo rey del valle de Andorra, y cuidado con guardar los miramientos debidos á mi elevada clase, que si antes era estudiante de medicina, ahora soy lo que soy, y voto á...

—Pues para que yo crea que sois un rey, es preciso que no es enfadeis como un alférez de dragones.

Una carcajada de los demás locos siguió á estas palabras, que dijo el anciano con su imperturbable calma y dulzura. Despues añadió, dirigiéndose á algunos de los mejor vestidos:

—Venid acá, amigos mios; decidme de donde sois y que es lo que os falta para estar á gusto.

—Nosotros, dijo uno de ellos; somos franceses vivimos en París; en la Salpetriere mi compañero de la izquierda; en Charenton el de mi derecha y yo en Bicetre; tenemos allí buenas habitaciones buenas camas, buenas comidas, buenos baños, no nos maltratan los guardianes, un profesor sabio dirige el establecimiento, y nada se le olvida cuando se trata de nuestra comodidad y pronta curacion, es nuestro padre, no sale de la casa, sabe premiarnos y corregirnos á tiempo, nos acompaña á la mesa, en nuestras horas de estudio, de trabajo y de recreo, aprovecha el menor destello de nuestra razon, y muchas veces nuestros caprichos, para volvernos á la sociedad sanos y laboriosos; en una palabra, no vive sino para nosotros; pero esto no quita, y perdóneme que lo diga delante de ellos, que alguna vez nos mortifiquen, ya dándonos remedios que no deseamos tomar, ya intimidándonos con los chorros de agua fria para que hagamos lo que no es nuestro gusto el hacer.

—¿Y es esa toda la queja? ¿qué cosas exigen que hagais?

—Muchas: al que no quiere trabajar, le aconsejan, le estimulan y no paran hasta lograr que se entregue á sus ocupaciones habituales; entre varios otros, recuerdo un pobre músico, que fué preciso meterle varias veces en el baño y soltar sobre su cabeza el chorro de agua fria, para lograr que tocase su instrumento[2].

[2] Caso citado en la obra titulada: Tratamiento moral de la locura, por Mr. Leuret.