—¿Y en qué paró ése músico? le preguntó Leuret.
—Bien lo sabeis, paró en prometeros que tocaria, y en que, habiendo salido del baño, cogió el instrumento y tocó la Marsellesa y otras canciones patrióticas, entusiasmándose de tal modo, que no fué preciso rogarle mucho para que repitiese al dia siguiente todos los aires que sabia de memoria, pasó á la sala de música, y al cabo de algunas semanas salió bueno del todo para volver á tocar en su teatro.
—¡Oiga! dijo Pinel, ¿con que os tratan con dulzura, os cuidan perfectamente y os curan, y todavía os quejais si es preciso que se os moleste un poco para daros la salud? Vamos, señores mios, que eso es mucha gana de pedir imposibles; si los médicos debieran reñir con sus enfermos, razon tendrian y sobrada mis dignos compañeros para enfadarse con vosotros; y si vosotros os quejais, ¿qué harán estos pobres que veo tan mal vestidos y sucios? ¿Como es, añadió dirigiéndose á estos últimos, que sois en número tan crecido?
—Porque en muchas casas de locos no se conoce aun el sistema de V. contestó uno de ellos con marcadísimo acento catalan.
—Y entonces, ¿porqué venís á felicitarme los que no habeis participado de los bienes de mi sistema?
—Porque V. ha hecho un bien muy grande á la humanidad, y nada importa que no nos alcance á nosotros.
—Señores, dijo por lo bajo el respetable anciano á sus compañeros, he aquí un loco asquerosamente tratado y lleno de virtud; ó los locos de este país son de otro género, ó aquí los que tienen completa su razon son los que ocupan los manicomios. Y quién os ha dicho que esteis loco? continuó en alto y dirigiéndose al maníaco.
—¿Quién me lo ha dicho? Nuestros guardianes que lo estan repitiendo siempre. A nosotros no se nos trata con tanto cumplido como allá en su tierra de V.: nos tienen encerrados y en completa comunicacion, en unas habitaciones húmedas y hediondas; nuestra cama es una poco de paja; no tenemos salas de estudio, ni patios, ni jardines; comemos como las fieras cada uno en su rincon, y cuando la miseria y los malos tratamientos acaban de trastornar nuestro juicio, nos encierran en una jaula, ó nos atan como á perros con un collar y una cadena.
—¿Y lo permite el médico director de la casa?