Según las noticias que tenemos, después de reconquistada Sevilla por el rey D. Fernando III en 1248, hecha la distribución de la ciudad y expulsados sus antiguos habitantes, quedaron aún no pocos moros y judíos, tolerados por los cristianos, que vivían confiados en su suerte, que á la verdad no era muy próspera.
En aquel tejido de encrucijadas y callejuelas que rodeaban á la mezquita mayor, Djema Mukyarrim, habitaba un musulmán que antes había poseído grandes riquezas, y que al perderlas no quiso perder la ciudad donde naciera, y descendiendo á una modesta posición, abrió una posada para dar en ella alojamiento, muy particularmente á aquellos que su misma religión profesasen.
Llamábase el moro Hach-Elarbi, y su odio á los cristianos era tan profundo, que pasaba días enteros meditando planes insensatos, por ver si daba con uno que diese el resultado cruel que esperaba.
Demasiado sabía el moro que debía ser muy cauto, pues los vencedores no se andaban con niñerías, y por esto callaba y mostrábase humilde cuando las gentes le veían, y afable con todos, para no infundir la menor sospecha.
Cierta noche presentóse en el mesón un hombre al parecer forastero, de pobre traje y de rara catadura, el cual, por ser entonces invierno, llegó hasta una cuadra baja donde en una antigua chimenea de campana ardían los secos troncos, y á su alrededor veíanse dos ó tres criados del moro, que descansaban allí de sus faenas del día.
Sentóse á la lumbre el forastero y no tardó en presentarse á él Hach-Elarbi, quien, enterado de la pretensión que traía, ofrecióle aposento y dióle antes un poco de pan negro y carne asada para que repusiese sus fuerzas, bien quebrantadas con el dilatado viaje que traía.
Mientras cenaba el huésped, el moro hízole muchas preguntas, demostrándose ser hombre curioso, y así que fué llegada la hora de recogerse acompañóle á un aposento donde tenía preparado un modestísimo lecho y dispuesto un candilón que le alumbrase.
Cuando después de pasadas algunas horas Hach-Elarbi, que acostumbraba á levantarse á media noche para rezar ciertas oraciones, salió al corredor donde el cuarto del viajero estaba, extrañándole ver por las rendijas de la puerta reflejos de la luz, que aún estaba encendida, miró por entre las podridas tablas, y sus ojos quedaron asombrados.
El desconocido estaba despojado del sayo burdo que le cubría, y sentado en el lecho, teniendo ante sí un banco, donde había colocado una porción de monedas de oro y plata, en cantidad suficiente para hacer la fortuna de algunas personas.
Á la vista de aquellas riquezas excitóse la codicia del moro, y unióse á ella singular coraje al apercibirse de que el huésped era cristiano por un largo rosario y algunas medallas que pendientes del cuello tenía.