La más hermosa y acabada de cuantas puertas tenía Sevilla era la de Triana, á la que vamos á dedicar un recuerdo, que quizá sea leído con gusto por los que alcanzaron á verla.
Debióse su traza, según la opinión más recibida, al notable arquitecto Juan de Herrera, que tan soberbios monumentos dejó en nuestra ciudad, y quedó concluída á fines del año 1588, derribándose para hacerla otra antigua puerta que estaba á la entrada del barrio de la Cestería.
Constaba la puerta de Triana de un solo cuerpo de arquitectura, de orden dórico, y presentaba dos soberbias fachadas de gran elevación y magnífico aspecto. Á ambos lados de su arco existían cuatro colosales y estriadas columnas, que descansaban en sólidos pedestales y sostenían una gran cornisa, en la que se hallaba un balcón espacioso y de largas dimensiones; rematando el monumento en un ático triangular, adornado de estatuas de regular tamaño y vistosas pirámides hábilmente labradas.
Bajo la cornisa del balcón existía una lápida, cuya inscripción latina decía lo siguiente, según la traducción de un escritor muy versado en las antigüedades de nuestra ciudad:
«Siendo poderosísimo rey de las Españas y de nuestras provincias por la parte del orbe Felipe II, el amplísimo Regimiento de Sevilla juzgó deber ser adornada esta puerta nueva de Triana, puesta en nuevo sitio, favoreciendo la obra y asistiendo á su perfección D. Juan Hurtado de Mendoza y Guzmán, Conde de Orgaz, superior vigilantísimo en la misma floreciente ciudad en el año de la salud cristiana de 1588.»
En la Puerta que vamos describiendo hallábase el extenso salón llamado el Castillo, donde estaban las celdas que servían de prisión á los nobles y caballeros de importancia.
Era esta Puerta la que más se adornaba en las festividades públicas, no se cerraba á ninguna hora de la noche, y por ella entraron los monarcas Felipe V, en 1729; Carlos IV, en 1796; Fernando VII, en 1823, y la reina Isabel II, en 1862.
Delante del monumento se extendía el espacioso llano donde después se ha construído la calle Reyes Católicos, y este lugar era sumamente concurrido por los desocupados, que allí acudían á tomar el sol en invierno, y á refrescarse en las noches de estío.
Cerca del arco de la puerta se encontraba á principios del siglo, en un hueco de la pared, el célebre cafetín llamado de Julio César, donde se reunían los rateros y truhanes que mejor cobraban el barato y tenían siempre cuentas pendientes con la justicia.
En los días de toros el aspecto de los alrededores de la puerta de Triana era en extremo alegre y animado, pues por debajo de aquel arco pasaban las manolas, vestidas con ricos trajes; los majos, de redecilla y castoreño, y los calesines, tirados por fogosas jacas, adornadas de borlas, campanillas y cascabeles.