En el convento de San Francisco existían gran número de buenas capillas, y en ellas se encontraban establecidas las hermandades siguientes: la de San Luis de Francia, la de San Eligio, la de La Palma de los Vizcaínos, la de Nuestra Señora de los Reyes y San Mateo, la del Calvario, la de Nuestra Señora de Belén, la de San Antonio de los Castellanos, la de Ánimas, la de Santiago, la de la Vera-Cruz, la de Nuestra Señora del Rescate, y por último la muy famosa del Pecado mortal.

Poseía el Convento hermosos y alegres patios, con fuentes de abundante agua, que le concedió el rey D. Enrique el Doliente; amplias galerías con bellos artesonados; salones capaces para reunir gran número de personas; multitud de celdas y dependencias, y una extensa huerta, objeto de muchos cuidados, en la cual había toda clase de flores y variados frutos, y en la que los regulares pasaban ratos muy deliciosos.

En los días tranquilos y transparentes del invierno y en las poéticas tardes de primavera, ¡con cuánto sosiego verían los religiosos deslizarse las horas en aquella huerta, lejos de los ruidos del mundo, y escuchando sólo el alegre canto de las aves, el murmullo de las aguas ó el manso ruido de las hojas mecidas suavemente por la brisa!...

El convento de San Francisco debió su fundación al rey D. Fernando III, que lo cedió á los religiosos de la Orden que con él vinieron á la conquista de Sevilla.

Ignórase cual sería el lugar primitivo donde se estableció, pero se sabe con certeza que en el año 1268 D. Alfonso el Sabio hizo que los franciscanos se trasladasen á un palacio de su propiedad, el cual no es otro que el edificio de que nos vamos ocupando.

D. Pedro el Justiciero costeó algunas importantes obras en la casa, haciendo que ésta se ampliase y dispusiera de mayores comodidades.

Los monarcas D. Enrique III y D. Juan II no escasearon sus mercedes al convento de San Francisco, haciendo que éste fuera el mejor y más amplio entre los innumerables que tenía la ciudad.

Durante el siglo XV se efectuaron obras de bastante importancia en el edificio, y en 1650, habiéndose derrumbado buena parte de los techos, construyéronse éstos nuevamente, así como varias capillas y altares.

Nada ocurrió en el Convento digno de ser mencionado durante el pasado siglo, ó al menos hasta nosotros no ha llegado la noticia de ningún hecho que merezca consignarse en estos apuntes; pero en 1810 sobrevino una catástrofe que produjo la indignación de todos por las circunstancias que en ella se pudieron notar.

Cuando los franceses entraron en Sevilla alojóse en la Casa grande un regimiento de línea, y en la madrugada del día 1.º de Noviembre se declaró de pronto un voraz incendio, que destruyó en pocas horas todo aquel inmenso edificio, quedando únicamente la iglesia y los muros exteriores.