«En los dos referidos días se dará muerte á 44 toros de las dichas castas, probando fortuna á su braveza de caballo los diestros Cristóbal Ravisco, Francisco Gil y Juan de Escobar; y de á pie los conocidos Juan Miguel, Manuel Palomo, Joaquín Rodríguez y Antonio Albano. Dios quiera se ejecuten sin la menor desgracia; recordando á los aficionados á esta diversión contamos desde las primeras fiestas públicas en España seiscientos sesenta y tres años, en cuyo espacio se han formado varias plazas en nuestra Península, excediendo, estando acabada (no sé si diga á las del Orbe), la de esta ciudad.»
Era entonces la plaza casi toda de madera; y, por efecto tal vez de la precipitación con que se construyó, hundióse la mayor parte en el invierno de 1766.
Entonces se hizo de material, según el plano de D. Vicente Sanmartín, y capaz para veinte mil espectadores. El redondel era el más extenso que se conocía; los tendidos tenían nueve filas de asientos; las gradas altas se cubrieron con sencillos arcos, que descansaban en airosas columnas, y el palco real fué construído de piedra tallada, con antepecho de mármol y rematando en un gran escudo con las armas de España.
Desde que se terminó la plaza no hubo un solo diestro del pasado siglo que no trabajase en ella. Martincho, José Cándido, Miguel Gálvez, Antonio de los Santos, Francisco Herrera Curro, Julián Arocha, Lorenzo Baden, Perucho, y otros más, cuya enumeración sería enojosa, lidiaron reses en el circo sevillano, que ocupaba el primer lugar entre todos los de Andalucía.
En esta plaza alcanzó las mayores ovaciones Joaquín Rodríguez Costillares, inventor de la suerte del volapié; en esta plaza se celebraron las famosas competencias entre Romero y Pepe-Illo, que tanto daban que discutir á los aficionados de antaño; y por último, en esta plaza sufrieron gravísimas cogidas no pocos diestros de á pie y de á caballo.
En el día 26 de Octubre de 1805 descargó sobre nuestra ciudad un ciclón como pocos se habían conocido, y entre muchos destrozos, los produjo grandísimos en el circo taurino, pues derribó toda la gradería de madera que formaba los tendidos de sol, arrojando á muy considerable distancia los tablones y herrajes.
Durante la dominación francesa se dieron en la plaza algunas corridas en honor del intruso; pero aunque los invasores pusieron á veces la entrada libre, costaba gran trabajo que el público asistiese á las fiestas, por lo cual las localidades se veían llenas de dragones, de mamelucos y demás gente de tropa extranjera, que presenciaban la lidia en medio del más religioso silencio.
Cuando estuvo Fernando VII en Sevilla en 1823 concurría todos los lunes á la corrida de toros, y muchas veces dirigía la lidia con señas que ya tenía convenidas, complaciéndose mucho cuando el pueblo se alborotaba por cualquier cambio de suerte inoportuno ó cuando silbaba á un diestro que pertenecía á los negros.
Juan León, Rigores, Montes, Domínguez, Cúchares, Pastor, El Lavi y Redondo trabajaron en la plaza de Sevilla durante casi todas las temporadas desde 1829 á 1840, y las parcialidades que por estos lidiadores tenían sus partidarios dieron en más de una ocasión motivo á serios disgustos y alborotos, en muchos de los cuales tuvo que intervenir la autoridad para aplacar los acalorados ánimos.
Imposible nos sería encerrar aquí los nombres de todos los diestros que en la plaza de Sevilla se han distinguido por su destreza y habilidad, así como también los muchos sucesos curiosos en ella ocurridos, y las sensibles desgracias que en no pocas ocasiones ha presenciado el público.