Este edificio, situado no lejos de la orilla del río, y en el paseo que antes se llamaba del Arenal, merece ocupar aquí un lugar, ya que siempre fué el pueblo de Sevilla tan dado á las corridas de toros.
Como quiera que el espacio de que disponemos no nos permite hacer mención de todas las curiosas noticias que hemos recogido sobre la plaza de Toros, nos limitaremos á dar un breve extracto de su historia, que quizá sea leído con gusto por los taurófilos que la ignoren.
Á principios de Febrero del año 1729 visitó á Sevilla el monarca D. Felipe V, acompañado de su esposa D.ª Isabel de Farnesio y de los Infantes y alta servidumbre de la real casa.
Celebró entonces la población multitud de festejos en honor del Monarca, invirtiendo las corporaciones muy crecidas sumas en disponer las solemnidades que más agradasen al jefe del estado.
Á su regreso de Cádiz, y poco antes de marchar á Madrid, asistió el Rey á una fiesta hípica que organizó la Maestranza de Caballería, y fué tan de su gusto aquel acto, que, deseando premiar á los caballeros maestrantes, concedióles, entre otras gracias y facultades, la de poder celebrar anualmente dos corridas de toros en plaza cerrada, cuyos productos se destinarían á la conservación de la Hermandad.
Pasados algunos años, la Maestranza escogió para construir el circo unos terrenos en el monte del Baratillo, y en Enero de 1760 comenzaron los trabajos, que se llevaron á cabo con mucha actividad, pues en ellos se ocuparon gran número de operarios y maestros de los más inteligentes.
Hemos tenido ocasión de ver un curioso ejemplar del cartel de las primeras corridas, que se celebraron en la plaza de Sevilla en los días 20 y 23 de Abril de 1763, y, por parecemos de interés, copiamos los siguientes párrafos.
Los toros lidiados eran de las ganaderías siguientes, y llevaban las divisas que se expresan.
«Del Marqués de Ruchena, Anteada.—De don Francisco del Río y Risco, Blanca.—Del Algaravejo, Negra.—De D. Ramón Liberal, Encarnada y blanca.—De D. Tomás de Rivas, Encarnada.—De D. Francisco Ezquivel, Azul y encarnada.—De don Fernando Offorno, Verde y blanca.—Del Conde del Águila, Azul y blanca.—Del Marqués de Medina, Azul y anteada.—De D. Luis de Ibárburu, Encarnada, azul y blanca.—De Manuel González, Pajiza y morada.—De Gregorio Vázquez, Negra y blanca.»
Es digno de conocerse el resto del cartelillo por la forma de su redacción y los detalles que encierra. Dice así: