Era acusado este individuo de haber negado en público y con gran calor los dogmas de la Religión católica, y de haber cometido actos inmorales y bárbaros con tres jóvenes y agraciadas hermanas y con su propia hija.
Hacía ya tiempo que el reo de tan repugnantes delitos se encontraba preso en la Inquisición, y en el citado día 10 de Junio celebróse por fin el auto público, al que concurrió una inmensa muchedumbre.
Los inquisidores D. Francisco Rodríguez Caraza, D. Ramón Vicente y Monzón y D. Joaquín Mururi y Eluarte formaban el tribunal, que se situó sobre amplio tablado cubierto de alfombras y severos adornos, dispuesto para el caso en la plaza de San Francisco, con gran acompañamiento de familiares, alguaciles y soldados, asistiendo también á aquel acto el Cabildo de la ciudad, presidido por el Conde de Fuente-Blanca; el regente de la Audiencia y decano de sus oidores D. Francisco Bruna; los jefes de distintas corporaciones, y gran número de invitados, que tomaron asiento en larga fila de bancos colocados paralelos á la fachada de las Casas Capitulares, llevando todos los individuos trajes de gala, y luciendo las insignias con que estaban honrados.
Ya dispuesto todo, comenzó á la una del día la ceremonia con toda la gravedad del caso, y después de largos preliminares, dió principio la misa en el altar preparado al efecto, y dicha por el presbítero D. Justo Ballesteros.
«Llegado que fué el Introito—escribe un testigo ocular—se empezó á leer la causa por el secretario del secreto D. Diego Pérez Téllez; y acabada que fué de leer la dicha causa, siguió la misa hasta su conclusión. El reo fué condenado á tres años de presidio en África, forzosos, y á tres años de penitencia en el mismo para enseñarle la doctrina cristiana.»
La crecida multitud que se apiñaba en la plaza de San Francisco no quiso perder un detalle del largo espectáculo, y permaneció quieta en aquel lugar hasta bien entrada la tarde, hora en que se dió por terminado, con gran satisfacción de muchos de los que por obligación habían asistido.
Al bajar el reo del tablado, un grupo de hombres que estaban cerca le dirigieron algunas palabras insultantes, á las cuales contestaron otros grupos que ocupaban la plaza y que por sus dichos demostraron no ser muy afectos al acto que acababa de celebrarse. Este incidente dió motivo á alguna confusión, que no tardó en sofocarse, sin que tuviera más consecuencias.
Rodeado de alguaciles y familiares, fué de nuevo el delincuente á la prisión, saliendo de ella al poco tiempo para cumplir la condena que se le había impuesto, condena en verdad que era harto benigna comparada con las que en otros tiempos imponía el Santo Oficio.
Ese fué el último auto público de fe que se celebró en Sevilla, según los datos que hemos podido reunir, y que tenemos por muy autorizados.