Llegó á Madrid en Octubre de 1854, y bien pronto comenzó á ver desvanecerse como el humo los dorados sueños de su febril adolescencia.

Fué primero empleado con modestísimo sueldo, periodista político después, censor de novelas más tarde, admitiendo estos y otros cargos, que repugnaba, para atender á sus más precisas obligaciones.

En 1861 contrajo matrimonio, pero éste no resultó á la verdad feliz; mal se avenía el poeta idealista y soñador á la monótona y vulgar existencia de su nuevo estado; lejos de su esposa, retiróse á vivir en compañía del más querido de sus hermanos, artista espontáneo y de corazón, que supo reproducir como pocos los tipos y las costumbres populares.

Indiscreto y triste sería entrar en detalles de este período de la biografía de Gustavo Bécquer; su porvenir presentábase cada vez más oscuro; su alma sensible la había desgarrado el infortunio; sus ilusiones se habían perdido para siempre....

Pero aún le estaba reservado un golpe durísimo: el día 23 de Setiembre de 1870 falleció Valeriano; «y desde entonces—escribe un biógrafo—pudo afirmarse que Gustavo quedó herido de muerte.»

Una breve enfermedad cortó para siempre aquella cadena de males que formaron la existencia del autor de las Rimas, y tres meses después, el 22 de Diciembre, exhaló el último suspiro, cuando apenas contaba treinta y cuatro años.

La patria ha sido ingrata con el poeta que tanto la amó; inútilmente buscará el viajero en nuestra población un monumento que perpetúe su memoria.

Hace algunos años, varios jóvenes entusiastas proyectaron dedicarle un recuerdo á las orillas del Guadalquivir, pero el proyecto no llegó á realizarse.... Una modesta lápida colocada en la casa donde nació, y el nombre de una de las calles más extraviadas de la ciudad, son las únicas cosas que en Sevilla recuerdan á Bécquer.