No nos detendremos en sus obras, por no permitirlo los estrechos límites de este artículo; además, se ha dicho mucho, y muy bien, de ellas, y las bellezas que encierran están al alcance de todas las personas que tienen corazón y saben sentir.

Las obras de Bécquer no deben analizarse con la frialdad severa de la crítica: ésta pudiera tal vez encontrar algunos defectos, poca unidad en las concepciones, repetición de los mismos cuadros, escasa variedad en la forma... Las obras de Bécquer son para admirarlas, y la persona que desde luego no comprenda sus méritos, será inútil cuanto se haga por demostrárselos. «Las teorías—dijo Larra—las doctrinas, los sistemas, se explican: los sentimientos se sienten.»

Cuando por primera vez se dieron á luz las composiciones de Bécquer, reunidas en un par de tomos, después de muerto su autor, despertaron grandísimo entusiasmo en la república literaria, y la juventud de entonces se declaró partidaria de aquel género de poesía, que resucitaba el ya muerto romanticismo, que á tantos extravíos condujo en la primera mitad del siglo.

Hoy la fama del vate andaluz descansa en sólidas bases, su popularidad es grandísima, y van acabando, por fortuna, los imitadores, que tanto le perjudicaron.

¿Quién no ha leído aquellas Rimas llenas de sinceridad y pasión, que condensan en breves frases las alegrías, los dolores, las aspiraciones y los deseos que agitaron el alma soñadora y amorosa del poeta sevillano? ¿Quién no conoce aquellas cartas, modelos de sencillez y limpieza de estilo, impregnadas de suave melancolía y dulce tristeza, que conmueven el corazón con palabras mágicas y con imágenes delicadas y tiernas? ¿Quién, en fin, no ha hojeado aquellas fantásticas leyendas, aquellos cuentos orientales y aquellos episodios caballerescos, que demuestran una fecundidad creadora admirable, una potente imaginación de primer orden y un perfecto conocimiento en las artes plásticas de los siglos medios?

«En Bécquer—escribe un reputado crítico—se funden dos elementos que parecen opuestos: la imaginación excepcionalmente esplendorosa del genio meridional y la vaga idealidad germánica.» Muchos le comparan con Enrique Heine, y á nuestro juicio existe gran diferencia entre ellos; el poeta alemán es mordaz, excéptico en el fondo, enemigo de todo cuanto le rodea, y su risa irónica molesta y hace daño; el poeta sevillano es casi siempre sincero, tierno, sencillo, y si alguna vez, cediendo al peso del infortunio, asoma la duda á su cerebro, busca consuelo en la religión, que le brinda un bálsamo á sus punzantes heridas.

La biografía de Bécquer es bien corta, y ocupa pocas páginas; puede condensarse en estas palabras de Blasco: «nació, vivió, escribió y murió.»

Nació Bécquer en los primeros meses de 1836; en esta Sevilla tan cantada por los poetas pasaron las días serenos de su infancia, y llegó á la adolescencia con el alma «henchida—como él dice—de deseos sin nombre, de pensamientos puros y de esa esperanza sin límites que es la más preciada joya de la juventud.»

Había quedado huérfano á los cinco años, y en 1845 ingresó en el antiguo colegio de San Telmo para estudiar la carrera de náutica; en esta época comenzaron á nacer sus aficiones literarias, y en colaboración con su amigo Campillo, alumno también del colegio, y casi de su misma edad, escribió un drama, empezó una novela y compuso multitud de versos, ensayando todos los metros y todos los géneros.

Á los catorce años entró Gustavo en el estudio de D. Antonio Bejarano, profesor de la Academia de Bellas Artes, que gozaba gran celebridad y fué maestro de muchos notables artistas; estuvo luego bajo la dirección de su tío D. Joaquín Domínguez Bécquer, y, siguiendo los consejos que éste le diera, abandonó la pintura para dedicarse por completo á las letras y realizar sus mayores deseos y esperanzas.