Murió Herrera en la capital de Andalucía el año 1597, y con él murió el poeta más notable de la Escuela Sevillana, que tanto esplendor y honra dió á las letras patrias.

Los versos de Herrera encantan al lector y conmueven las fibras más delicadas del sentimiento, sobre todo los que van dedicados á aquella Eliodora, por quien sintió una pasión tan honda, tan verdadera y tan constante, que torturó siempre su alma sedienta de ternuras, y le hizo gustar entre muchas amarguras esos supremos placeres que sólo están reservados á los que aman como debe amarse en la tierra.

Fué aquella mujer tan ciegamente idolatrada por el poeta, según las más autorizadas noticias, la nobilísima señora D.ª Leonor de Milán, Condesa de Gelves, cuyo esposo, gran aficionado y protector de las bellas letras, sostuvo no poca amistad con Herrera, á quien dió por algún tiempo entrada en su casa, distinguiéndole con marcadas deferencias.

Todas estas circunstancias, que hacían imposible que la pasión del vate sevillano fuese satisfecha, la acrecentaron más y más, haciendo que dominara todos sus sentimientos y fuese el constante martirio de su corazón.

La poesía más hermosa de Herrera, la que siempre es leída con deleite, y la que bastaría sólo á inmortalizar su nombre, fué la que compuso cuando murió la Condesa algunos años después, joven aún y adornada de todas sus poderosas gracias y atractivos.

El dolor, la pena y la más desconsolada amargura se desbordaron entonces en el corazón del vate y le dictaron aquellas estrofas, que no pueden ser leídas sin sentir tanta admiración como melancolía.

¿Quién no se conmueve con las palabras del enamorado, cuando escribe esto?

«Desconfío, aborrezco, amo, espero,
y llega á tal extremo el desconcierto,
que ya no sé si quiero ó si no quiero.

Testigo es de mis males el desierto,
que me ve en su desnuda y roja arena
tendido de dolor y casi muerto.

Cándida Luna, que con luz serena
miras indiferente el llanto mío,
¿has visto de otro amante otra igual pena?»