—¿Estáis dispuesto á seguirme mucho tiempo?

—Si no os es enojosa mi compañía,—contestó D. Álvaro—estaré cerca de vos toda la noche.

—Decidido estáis, caballero—replicó la tapada; y apartando el manto de su rostro, dejó ver á la luz de la luna una cara hermosa y joven, de facciones correctas y sensuales, en la que se destacaban dos grandes ojos, negrísimos y brillantes, sombreados de largas pestañas.

Pronto comprendió nuestro galán que su conquista no era una de tantas busconas como le salían al paso muchas noches; y al contemplar las perfecciones de aquel rostro, las redondas curvas que bajo los pliegues de aquel manto se adivinaban, y aquel elevado seno aprisionado en ajustado corpiño, no pudo menos, á fuer de perfecto amador, que aumentar sus palabras galantes y en extremo expresivas.

Guardó la hermosa silencio mientras D. Álvaro expresaba con la mayor vehemencia sus amorosos pensamientos, y cuando pareció haber terminado le dijo:

—Si vuestras palabras son verdaderas, seguidme, que no os pesará haberme acompañado por estas soledades.

Un momento después los dos personajes se ponían en marcha; pero entonces iban muy juntos y hablaban en voz muy baja. Algunas calles más recorrieron con lentos pasos, con los brazos enlazados y la mayor satisfacción por parte del caballero, llegando á salir por último á una calleja, formada la acera derecha por una larga tapia de los jardines del Alcázar y la izquierda por algunas casuchas de pobre aspecto. Esta calleja, perteneciente á la antigua Aljamia de los judíos, se llama hoy Muro del Agua, y apenas ha sufrido alteración alguna desde la época del suceso que vamos relatando.

Cuando la rendida pareja llegó á aquel lugar, ella sacó de entre los pliegues del manto una llave, y abriendo con ella una puertecilla baja y estrecha, formada toscamente en el muro, invitó á entrar á D. Álvaro.

El mancebo se encontró en una habitación de regulares dimensiones y modesto mobiliario, alumbrada por un colosal velón puesto sobre una mesa de pino. Había también en aquella estancia un arca vieja, algunas sillas, y en el fondo, revueltas sin cuidado alguno, las ropas de un lecho.

D. Álvaro se despojó de su capa y tomó asiento, preparándose á pasar un rato en extremo agradable; había tomado ya gran confianza con la hermosa dama, y no tardó en entablarse entre los dos un amenísimo diálogo, donde abundaron las frases galantes por parte del mancebo y las palabras tiernas por la de la dama, cuyos pudores y escrúpulos estaban vencidos en toda línea.