Al poco tiempo, por indicaciones de González de Aguilar, la hermosa se dispuso á salir, pues viniéronle deseos á él de apurar algún vaso de vino que le alegrase en la amorosa velada, y ella aseguróle que en una casa próxima había un amigo que se prestaría á darlo de la mejor gana.

Salió la bella, y cuando D. Álvaro quedó solo comenzó á pasear la habitación, y fijándose en las ropas del lecho, que en un rincón yacían, tiró de un lienzo blanco que parecía tapar alguna cosa, y al instante retrocedió espantado, lanzando un grito indefinible. Bajo aquellas ropas había descubierto una cosa horrorosa: el cuerpo de una persona, cubierto de sangre y mutilado con la mayor crueldad.

El caballero, con los ojos desmesuradamente abiertos, el cabello erizado y descompuesto el rostro, tuvo aún fuerzas para recoger el velón y aplicar la luz á aquel rincón de la sala. Era el cuerpo de un hombre joven, tenía la cabeza separada del tronco, tronchadas las piernas y cortadas ambas manos por las muñecas. La luz cayó de sus manos, y quedó á oscuras. D. Álvaro buscó á tientas la puerta, presa del mayor terror, y cuál no sería su angustia al notar que estaba cerrada por fuera. Entonces, y haciendo un supremo esfuerzo, trató de abrirla con desesperación, valiéndose de sus manos, dando porrazos con sus pies, y procurando, por último, hacer saltar la cerradura con la punta de su espada. Este recurso extremo le proporcionó el placer de encontrarse en la calle, después de haber sufrido los minutos más terribles de su vida; pero cuando se consideraba libre y comenzaba á retirarse con precipitados é inciertos pasos de aquel sitio, vió de pronto aparecer cerca de él dos embozados con las espadas desnudas, que, acompañados de la dama, se disponían á acometerle. D. Álvaro se volvió hacia atrás, y sacando fuerzas de flaquezas emprendió la más rápida carrera que le fué posible, internándose entre los revueltos callejones, donde merced á las tinieblas pudo escaparse de la persecución de que era objeto.

Cuando estuvo ya solo, no pudo resistir por más tiempo las impresiones que había, recibido, y cayó al suelo sin conocimiento.

Al volver en sí era ya día claro, y unos vecinos de la plaza de D.ª Elvira lo habían encontrado al amanecer, y suponiendo por su tipo y porte que era persona distinguida, lo recogieron, prodigándole toda clase de cuidados. D. Álvaro refirió á todos lo que le había acontecido: dióse parte á la justicia, y cuando ésta se presentó en la casa no encontró ni el mutilado cadáver ni la más leve señal de que allí hubiese habido álguien recientemente. La accesoria estaba vacía y desalquilada desde mucho tiempo antes, no siendo posible, apesar de cuantas diligencias se practicaron, descubrir nada de aquel crimen, que quedó envuelto como otros tantos en el misterio, así como sus tenebrosos autores.

L
LA CRUZ DE LA CERRAJERÍA

«Se encargó á la pericia del célebre rejero Sebastián Conde la construcción de una cruz de hierro.»

Velázquez y Sánchez.

Las calles de nuestra población estaban en lo antiguo llenas de arquillos, retablos y cruces, que les daban un aspecto por demás sombrío é interceptaban el paso de los transeuntes.

Era una de las más famosas de las cruces la que se alzaba frente al convento de las Mínimas, y de cuya historia vamos á hacer un breve extracto.