Los vecinos devotos del barrio del Salvador acordaron en 1692 colocar una cruz de hierro en la confluencia de las calles Sierpes (que entonces se llamaba Espaderos) y Cerrajería, encargando su construcción á Sebastián Conde, famoso maestro rejero, que por su habilidad y pericia gozaba de bastante nombre en aquella época.

Instalóse la Cruz el 1.º de Noviembre del ya citado año, después de haber dado permiso el Ayuntamiento, celebrándose en el lugar donde fué colocada una solemne función religiosa, que se repetía todos los años el 3 de Mayo, hasta que en 1729, con motivo de la visita de la Corte á Sevilla, se condujo la Cruz al convento de las Mínimas, para restituirla á su sitio cuando terminasen las fiestas. Pero transcurrió el tiempo sin que tal idea se llevase á cabo, y esto dió lugar á que en la sequía de 1734 pidiesen los vecinos su reinstalación, la cual se llevó á efecto coincidiendo con ella una abundante lluvia, que todos tuvieron como palpable milagro.

Volvió á quitarse la Cruz en 1796, y otra vez instalada, tornó á removerse en 1816, cuando las Princesas del Brasil pasaron por nuestra capital con dirección á la corte de España.

Por último, en 1818 se colocó nuevamente, desapareciendo al fin en 1847, y siendo llevada al museo arqueológico instalado en el ex-convento de la Merced, donde en la actualidad se encuentra.

Esta Cruz, acerca de la cual corrían en boca del vulgo no pocas tradiciones, es una obra de gran trabajo, aunque no de muy buen gusto.

En los primeros años del siglo XVIII fué muerto en desafío al pie de ella un caballero de la nobleza sevillana, famoso en su tiempo por sus amoríos y su vida galante y aventurera.

La muerte de este caballero quedó envuelta en el misterio, sin que la justicia pudiera sacar nada en claro de las averiguaciones que se hicieron; y es fama que el santo tribunal de la Inquisición tomó cartas en el asunto, y por su mandato cesaron todas las diligencias y todas las investigaciones.

Años después acostumbraba á colocarse todas las noches al pie de la cruz de la Cerrajería un hombre de aspecto venerable, el cual, hincado de rodillas, parecía orar con la mayor devoción, pasando allí horas enteras con la cabeza baja, como sumido en profundas meditaciones.

Pero cuando después del toque de Queda pasaba cerca del devoto algún trasnochador, veía con gran sorpresa que el pecador contrito se erguía con la mayor presteza, y sacando una enorme navaja de la capa, desbalijaba al transeunte de cuanto dinero ó ropa llevaba encima.

Por los años de 1800 al pié de la Cruz se celebraban alegres festejos populares, y en las noches de primavera y estío se adornaba de flores y de farolillos, reuniéndose en el corro los majos y majas, que bailaban al són de guitarras y castañuelas.