En la cruz de la Cerrajería solían hacer estación las hermandades del Rosario que á media noche recorrían las calles de la ciudad, y que no siempre terminaban con el mayor orden, pues en muchas ocasiones se promovían algaradas y motines, en los que tuvo más de una vez que intervenir la ronda para poner en paz á los fervientes devotos, que con la mejor buena fe se propinaban sendos garrotazos, labrando así la fama de que hoy gozan los Rosarios de la Aurora.

Se dice que en la Cerrajería existió también otra cruz de madera, adosada al muro de una casa; pero acerca de ésta conocemos bien escasos detalles, y por tal motivo dejamos de ocuparnos de ella.

LI
EL CAPITÁN YELVES

«Pero los seres que, teniendo conciencia, se cubren con el antifaz de la hipocresía, fingiendo la virtud que más conviene á sus designios, no son ya viciosos, sinó criminales.»

Adolfo Llanos.

Pocos de nuestros lectores habrán oído el nombre de este militar, cuya historia no deja de ser interesante y curiosa, y á título de lo qué vamos á narrarla, siguiendo para ello las escasas noticias que de dicho sujeto hemos podido encontrar.

D. Gaspar de Yelves era descendiente de una conocida familia de Castilla la Nueva, y nacido en nuestra ciudad poco antes de mediar el siglo XVII, siendo educado con bastante esmero por sus padres, señores muy amantes de sus rancios pergaminos y del mayor ó menor brillo de su casa.

Apenas tuvo la edad precisa D. Gaspar, ingresó en el ejército y militó largos años bajo las órdenes de algunos ilustres caudillos, encontrándose en las campañas de Portugal sostenidas por el rey Felipe IV, y en otras guerras, donde se distinguió por su bravura y arrojo.

Cansado ya de la vida agitada, y no queriendo correr, según parecía, más riesgos, D. Gaspar Yelves se retiró del ejército y contrajo matrimonio con una dama rica y huérfana, en compañía de la que parecía disfrutar de la mayor tranquilidad y ventura.

Hacia el año 1672 D. Gaspar y su esposa vivían en una casa de buen aspecto, que estaba situada en la calle de Alfaqueque, y frecuentaban el trato de las personas más conocidas y principales del barrio de San Vicente, quienes les guardaban toda clase de deferencias y atenciones.