El Capitán Yelves era, así en su trato como en sus modales, un perfecto caballero, y era hombre muy instruído y de amena conversación, que se captaba las simpatías de todos por su carácter franco y expansivo y por su esplendidez y generosidad.
Ajeno de cuidados parecía vivir al lado de su esposa, y cuantos le trataban creíanle feliz y dichoso, no faltando muchos que le envidiasen y se hicieran lenguas de las buenas cualidades que poseía.
Al poco tiempo de instalarse D. Gaspar Yelves en su domicilio de la calle Alfaqueque, comenzó á hacer algunos viajes, que le tenían alejado de su casa varios días y semanas; y, según su mujer manifestaba á los que iban á verle, negocios relacionados con unos bienes que estaban en pleito eran los motivos de las ausencias del marido.
Nadie ponía esto en duda, y todos creían de buena fe á la señora, cuyas palabras gozaban el mejor concepto.
Por los años de 1695, y cuando España atravesaba una situación harto lamentable bajo el reinado del Hechizado Monarca, aparecieron en los campos andaluces unas numerosas partidas de bandoleros, que con la mayor audacia llevaban á cabo robos y atropellos incalificables, cometiendo también crueles asesinatos y brutales excesos.
Estas cuadrillas de ladrones eran el terror de la gente honrada; y aunque las autoridades ponían en juego toda clase de resortes, nunca podían echar mano á aquellos foragidos, que con exquisita táctica sabían burlar á la justicia, y eran tan diestros en borrar las huellas de sus pasos, como sanguinarios en la comisión de sus execrables delitos.
El capitán retirado D. Gaspar de Yelves seguía mientras tanto haciendo sus frecuentes viajes, y el último que hizo á mediados del 1697 se prolongó tanto, que puso en cuidado á su esposa y á cuantos eran sus amigos.
Por aquellos días habían verificado los bandoleros un robo de gran consideración en una iglesia, y fué tanta la actividad que se desplegó entonces por la justicia, que no tardaron en ser capturados algunos de los autores del hecho, siendo conducidos á la cárcel de Sevilla y ahorcados en el mes de Enero de 1698 en la plaza de San Francisco.
Cuando el que aparecía como jefe de la partida llegó al patíbulo, algunos de los que presenciaban la triste escena no pudieron contener un grito de admiración y sorpresa. El capitán de los bandidos era el capitán retirado D. Gaspar Yelves, que de tantas simpatías y consideraciones gozaba en Sevilla.
La cabeza del reo—según dice un autor—estuvo tres días pendiente de una escarpia en la fachada de la casa de la calle Alfaqueque, y el cuerpo fué descuartizado, según la bárbara costumbre de aquellos tiempos.