¡Cuán abundante mies no han segado ambas, que es hoy patrimonio de la humanidad entera!
Si la Alemania dota al mundo de la imprenta, la Francia lanza una legión de escritores que hacen más y más fructífera la admirable invención.
Si la Alemania produce á Lutero, expresión viva del individualismo de las razas sajonas, la Francia les da á Calvino, que define y formula para una gran parte de esas mismas razas la nueva creencia.
Si la Alemania cuenta entre sus hijos más ilustres á Keplero, que con una paciencia verdaderamente sajona calcula, sin logaritmos, un día y otro día hasta descubrir las leyes de los orbes planetarios, exclamando: "¡poco importa que yo no encuentre quien comprenda mi libro, cuando mi Criador ha tardado siglos en encontrar un hombre que sepa leer en el libro de la naturaleza!", la Francia se enorgullece con justa razón de Laplace que, con un equilibrio admirable en sus facultades intelectuales, descifró el enigma de las perturbaciones celestes, y tranquilizó al hombre acerca de la estabilidad del sistema de que forma parte la tierra que habita, destruyendo así un error del mismo Newton.
Si la una dió el ser á Gottlob Werner, creador de la geognosia, la otra sirvió de cuna á Cuvier, que lo fué de la paleontología, y gracias á entrambos ha podido escribirse la historia de nuestro globo. El mismo Aristóteles quedaría absorto ante esos prodigiosos descubrimientos.
En todas las ramas del fecundo árbol de Minerva encontramos la misma gloriosa asociación. En Química, Stahl y Lavoisier, Richter y Proust; en Física, Otto de Guericke y Dionisio Papín, Arago y Humboldt; en Mineralogía, Bergman y Hauy. No terminaríamos si hubiéramos de enumerar la larga lista de sabios Alemanes y Franceses que nos ofrece en sus páginas la Historia, ora haciendo á la vez un mismo descubrimiento, ora rectificando los hechos y sus relaciones, para llegar á formular las verdaderas leyes de la naturaleza.
Tampoco terminaríamos si nos propusiéramos entrar en el vastísimo departamento de las bellas letras, de la Filosofía, la Lingüística y el Exégesis. Al lado de Voltaire y de Goethe, de Lamartine y Schiller, de Descartes y Kant, de Baur y Bournouff, hallaríamos otros y otros nombres ilustres.
Pero imposible es, en esta ocasión solemne en que escribimos, dejar en el silencio la estrecha amistad, el verdadero cariño fraternal que unió constantemente, durante su fecunda existencia, á los dos representantes más ilustres de la Alemania y la Francia modernas, Alejandro de Humboldt y Francisco Arago. ¡Con qué emoción recordamos hoy estas sentidas frases que el gran viajero escribió en la introducción que puso á la edición póstuma de las obras del gran astrónomo y del gran ciudadano: "Me enorgullezco al pensar que por mi tierna consagración y por la constante admiración que le he expresado en todas mis obras, le he pertenecido durante cuarenta y cuatro años, y que mi nombre será algunas veces pronunciado al lado de su gran nombre."
Sí, lo es hoy y lo será mientras la humanidad conserve el sentimiento de lo bello y de lo útil. ¡Ojalá viviesen los dos sabios ilustres, los dos íntimos amigos, para conjurar el horrible conflicto! Ambos eran patriotas, pero ambos amaban más la humanidad que la patria.