Y ahora aparece en toda su sublimidad el pensamiento de Victor Hugo y la profunda emoción que le dominaba al escribir su carta: la destrucción de París por los Alemanes sería un fratricidio, un suicidio para la humanidad.

Si llegara á consumarse ésta, hoy y aun más en los tiempos futuros, preguntaría el mundo á la Alemania inteligente y sabia: ¿qué has hecho de tu hermano?

Sería un fratricidio, porque ambos pueblos han marchado juntos á la conquista de la civilización, prestándose mutuo y poderoso apoyo; sería un suicidio, porque la humanidad necesita de París, como necesita de Berlín, para su progreso en el vasto campo de las ciencias y las artes. Extenso es el camino andado, pero el que queda por recorrer es aun indefinido.

Las bombas y balas alemanas destruirían las bibliotecas y los archivos que encierran todos los tesoros de la inteligencia humana; los conservatorios, las escuelas de cirugía y medicina, las de todas las ciencias y artes en fin, á donde van á instruirse ó á perfeccionarse, con una liberalidad digna de ser imitada, como en la antigua Atenas, los hombres estudiosos de todas las naciones y países, así los de las Indias orientales y occidentales como los del Norte y Mediodía de la Europa y del África, y los de la apartada Australia.

Destruirían incomparablemente mucho más que todo esto ¡horror da el pensarlo! á los ilustres representantes del saber moderno. Bajo ellas ¡inconscientes! caerían los Nelatón, Bernal, Payen, Laboulaye, Remusat, Broglie, sangre de Madama Staël, y tantos otros, columnas vivientes de la civilización, hoy más que nunca necesarias....

Y en la catástrofe general sería envuelto el gran poeta, el publicista eminente que acaba de levantar su elocuente voz, inspirado por los sentimientos más nobles del corazón humano, para conjurarla.

¿Habrá sido escuchado como lo fué al suplicar gracia para Barbes?

—¿Habrá sido desatendido como cuando pidió fervoroso la preciosa vida de John Brown?

Pronto sabremos si la humanidad tiene que vestirse de luto y registrar en sus sangrientos anales una nueva caída, una gran ignominia.