Cantaba, como canta el ave en las enramadas del bosque donde está su nido.

Puerto Rico era su bosque idolatrado, y referíale sus cuitas en armoniosos trinos.

Alma modelada en el sufrir, su acento era, á veces, un quejido.

Alma centelleante de amor y de poesía, también derramaba ternuras y bellezas al son de las cuerdas de su lira.

El sentía palpitar, dentro de su ser, las aspiraciones de los espíritus elevados.

El amaba y perseguía, con afán febril, el ideal de los genios.

Vivía en la tierra y en el infinito.

Era hombre y era idea.

Sus cantos á Dios, son como el incienso de la fe más pura.

En ellos, su alma de poeta, sube hasta la esencia de lo Absoluto; comprende toda su grandeza; la desvela de la sombra de los errores terrenales, y la proclama, envuelta en mil resplandores.