Y, como todos los que se agitan en ese otro mundo que el ser humano lleva dentro de su alma, al descender á la realidad, sentía que los abrojos le herían sin piedad.

Amar, pensar, buscar lo bello; recorrer la vida sin contaminarse con el mal, nada de esto puede hacerse sin sufrir.

El no fué más que una estrella que apareció, iluminó breves instantes el cielo de la patria, y luego fué á perderse, donde se pierde la luz: en el insondable infinito.

¡Sí; allí; allí vive... allí está...!

Su tumba y su lira, legadas á la patria, señalan dos grandes verdades: las transformaciones de la materia y de la vida en la creación, y la inmortalidad del genio...

Para honrar su memoria, poco digno de cuanto ella merece, puedo ofrecer sólo estas líneas; que si dan pobre idea de mi aun más pobre ingenio, son testimonio fiel del cariño y la admiración que siempre le consagré.

MANUEL ELZABURU

Fué éste uno de los portorriqueños que con más diligencia y fortuna trabajaron por la cultura de su país en el último tercio del siglo XIX.