Momo es la originalidad misma. No se parece á nadie física, moral ni literariamente. No se sabe dónde, cuándo ni cómo aprendió á escribir versos; tampoco se sabe cuándo, ni en donde los escribe, y á estas horas, en que Momo es ya una personalidad literaria hecha y derecha, todavía son muy contadas las personas que aquí tienen noticias de cómo, cuándo y de dónde vino Momo á esta ciudad. Yo mismo, que solía tener al dedillo, en tiempos atrás, los antecedentes de mis compañeros de letras, encuentro bien poca cosa que decir acerca del advenimiento, aprendizaje y formación de este poeta singular.

Allá por los años de 1891 se publicaba aquí un periódico, del cual eran redactores varios catedráticos del Instituto. Lo editaba el Sr. Anfosso, y lo empaquetaba y rotulaba para los suscriptores un jovencito pelirrojo, risueño, vivaracho, de fisonomía simpática é inteligente, y de mirada interrogativa y sagaz.

Adolecía por lo general el periódico aquel de cierto dogmatismo empalagoso, y el lenguaje de sus artículos era casi siempre almidonado y tieso, con más atavíos de retórica que ingenio y originalidad. Pero afortunadamente, los catedráticos se distraían con frecuencia, no volvían á la Redacción después de almuerzo, y á la hora de terminar el periódico no había originales suficientes. Corría entonces la noticia por el taller, se producía un sordo rumor de colmena mezclado con tal cual escape de risa, continuaba después el trabajo de los tipógrafos, y el periódico salía completo, á su hora y sin dificultad.

Luego se fué notando que las ediciones del periódico en que ocurría lo que acabo de relatar, eran las únicas en que había algo bueno y sabroso que leer.

Y... lo que pasa. La gente que leía y saboreaba aquellos versos epigramáticos y aquellas sabrosas noticias, quiso averiguar de quién eran. Nada se puso en claro por de pronto, y esto avivó más y más el deseo de la averiguación; pero de sospecha en sospecha, y de indicio en indicio, llegó, por fin, á saberse que el autor de los epigramas picantes y de las regocijadas gacetillas era... el mismísimo diablillo rojo que rotulaba las fajas para el correo en la oficina del periódico.

La curiosidad frívola frecuentó con cierta asiduidad, en aquellos meses, la Redacción y la Administración de La Balanza, que éste era el nombre del periódico indicado; pero sólo consiguió saber que el chico era de carne y hueso, que había venido de Cayey, que tenía buen humor, que fumaba puro y que sabía leer y escribir.

Más tarde, un repartidor de cédulas de vecindad llegó á saber que nuestro incógnito se llamaba José Mercado.

¡Mercado! Este apellido sonaba mal en aquella época, en que se había establecido ya la cotización de las conciencias políticas, y no se podía pronunciar en alta voz sin que alguno se diese por aludido.

El chico lo conoció bien pronto, á fuer de avisado y perspicaz, y empezó á desligarse del apellido, hasta que prescindió de él por completo.

—Este, más que apellido—dijo Mercado para sí—es un apóstrofe oblicuo, que diría el catedrático de Retórica... Sacrifiquémoslo, para evitar disgustos innecesarios.