Así, con triste acento, que aun escucho
vibrar en lo recóndito del alma,
teniéndome en sus brazos prisionero,
y mi rostro bañado con sus lágrimas,
la mártir infeliz que me dió vida
alzaba su oración. ¡Y su plegaria
iba hasta el cielo, envuelta en el ropaje
de la armoniosa lengua castellana!
* * *
Para civilizar un nuevo mundo,