por más que, ileso el pabellón, extiende
en derredor su sombra bendecida,
rayos de indignación el pecho enciende,
al ver la Patria desmembrada, herida,
como raudo condor, que, el ala rota,
se precipita en fúnebre caída.
Puede el ardor febril que al hombre azota,
esa insignia que en timbres resplandece
triunfante desplegar en tierra ignota.
Con la conquista la heredad acrece;