Suaves sus golpes se escuchan de día,
Mas de la noche en las horas silentes,
Cual misteriosas pisadas, sus ecos
Acompasados los tímpanos hieren;
Y á cada puerta de aquella morada
Llegan y dicen en tono doliente:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
Horas fugaces de gozo y de vida,
Horas tremendas de luto y de muerte;