Todas las raudas mudanzas del mundo

Marca el reloj, sin que nada le altere;

Sin que un instante su lengua ominosa

El estribillo monótono deje:

¡Por siempre,—nunca!

¡Nunca,—por siempre!

Franca acogida encontraba el extraño

De esa mansión al cruzar los dinteles;

Vivo chispeaba el hogar espacioso,

Mientras bullía ruidoso el banquete: