Mas, entre brindis y risas llegaba,

Cual de un espectro, el augurio solemne:

¡Por siempre,—nunca!

¡Nunca,—por siempre!

Allí los niños jugaban gozosos;

Allí las cándidas almas ardientes

Á sus ensueños de amor se entregaban...

¡Oh, rica edad que al fugarse no vuelve!

Así contaba el reloj, cual avaro,

Esos de dicha momentos tan breves: