¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!
De aquella alcoba salió deslumbrante
La desposada en su traje de nieve;
En el salón silencioso y obscuro
Vióse tendido el cadáver inerte;
Y á cada pausa en los rezos, marcaba
Lento el reloj su tic tac elocuente:
¡Por siempre,—nunca!
¡Nunca,—por siempre!