Deseó sacar de la ignorancia en que yacían á sus feligreses en aquella remota época, como queriendo repetirles aquellas palabras de una célebre escritora: "Santificad vuestra alma con la lectura, si queréis que el ángel de los nobles pensamientos se digne descender á ella."
Trazados los rasgos culminantes de la vida del P. Abbad, réstanos presentarle como uno de los más dignos y verdaderos benefactores de la sociedad portorriqueña, que supo con su hermosa inteligencia y la antorcha de su talento, iluminar los hechos oscuros de nuestra vida social, á través de los siglos. De todos modos, abrió nuevos horizontes á la cultura intelectual del país, rompiendo aquella especie de muralla de la China, que nos incomunicaba hasta con la misma Metrópoli; nos dió á conocer al mundo civilizado y nos dignificó ante sus ojos, relatando nuestros orígenes, las proezas de nuestros hombres extraordinarios y los episodios que enaltecen nuestra lealtad y adhesión á la nacionalidad española. Así pagó de modo espléndido la hospitalidad que le dieron los portorriqueños, quienes por su parte le recuerdan con gratitud. Si su obra tiene errores, disculpables son, dados el tiempo en que escribió, las escasas fuentes de qué dispuso y los limitados documentos que la informaron; lo cierto es que nunca los ardores de extraviado y mentido patriotismo ni las exageraciones de la animadversión, mancharon la pureza de su pluma; siempre la guiaron sentimientos justicieros y cristianos.
FEDERICO DEGETAU Y GONZÁLEZ
Nació en la ciudad de Ponce, en el mes de diciembre de 1862, y quedó huérfano de padre á los ocho meses. Era hijo único, y su buena madre doña Consuelo González concentró en él todo el afecto de que era capaz su gran corazón de esposa y de madre. Con una exaltación de cariño que traspasaba los límites de lo humano, consagró su vida entera y todas las potencias de su voluntad al cuidado, á la educación y al culto idolátrico de Federico. No tuvo desde entonces otra aspiración ni otra esperanza que la de formar con la esmeradísima educación que le proporcionaba, con el propio ejemplo de sus virtudes y con la sublimidad de su amor maternal, aquella inteligencia privilegiada y aquel corazón admirable de bondad, de generosidad y de dulzura que dieron tan alto relieve á la vida intelectual y moral de Federico Degetau.
Cursó en Ponce las primeras asignaturas de la instrucción primaria que continuó después en Barcelona, (España), á donde se trasladó en compañía de su madre, y allí obtuvo el título de Bachiller.
Á pesar de sus pocos años, Federico era ya entonces amigo de algunos hombres ilustres que por aquella época residían en la Ciudad Condal, como don Víctor Balaguer y el Doctor Letamendi, que admiraban el entusiasmo del estudiante portorriqueño, su bondad de corazón y su alteza de pensamiento.
Para ir conociendo varias regiones importantes de España, mientras ensanchaba el círculo de sus conocimientos, se trasladó á Madrid, y cursó en la Universidad Central las primeras asignaturas de la Facultad de Derecho. Allí le siguió su madre amantísima, rodeándole de todos los medios propios para estimularle en el estudio, fortalecer su salud y aumentar en lo posible las bondades de su alma.
Al apreciar hoy la cultura exquisita, las grandes virtudes sociales, la noble inteligencia y los méritos extraordinarios de don Federico Degetau, no sería justo dejar en olvido el nombre de aquella madre meritísima, que supo reunir y fomentar en él tan relevantes virtudes.
En Madrid contrajo Federico amistad con muchos hombres de ingenio y ciencias, que le conservaron afecto y estimación durante toda su vida.