(Á mi muy querido amigo Don José Loredo.)
Es hora de luchar contra el abandono físico y moral en nombre de sus víctimas inmediatas primero, y después en nombre de las generaciones, venideras, que tienen derecho á que les leguemos una herencia de salud, de robustez y de alegría y de buen humor, en vez de un amasijo de seres raquíticos, endebles y entecos de alma y cuerpo, última expresión de una raza que camina rápidamente á su degradación más completa.—Sela.
¿Dices, mi encantadora amiga, que soy un soñador? ¡Tienes razón! ¿Qué esto no me lo dices como un reproche? ¿Qué lejos de enojarte te agrada? Ya lo sé, y porque lo sé, me complace tanto referirte estas cosas. Escucha. Anoche he dormido poco, pero he soñado mucho. ¡He tenido un sueño de oro!
He soñado que mis cosas marchaban muy bien, que tenía mucho dinero. ¡Tener mucho dinero! ¿Y qué? Aquí viene lo mejor.
Soñé que estábamos en nuestra casita de... ¿Para qué escribir el nombre de aquel ideal pueblecillo situado junto al mar, engalanado por los encantos de una naturaleza espléndida y provisto de todos los atractivos y de todos los recursos de la civilización?
Soñé que había comprado el terreno del vecino, el solar donde se alzan las tres barracas, soñé que había encargado á Pepe, (ese arquitecto á quien yo quiero tanto y á quien cito siempre como un modelo de rectitud y de bondad), la construcción de un edificio que había sido ya terminado. Soñé que había llegado el momento de darte una sorpresa. ¡Y qué sorpresa!
Pero oye antes cómo se originó en mí ese sueño. Anoche volvía del Ateneo. Se había hablado allí acerca de la "educación física," se había hablado de las "termas" de los romanos, de los gimnasios antiguos y modernos, y de otra porción de cosas que no son del caso. Venían por la misma acera que yo
"Un hombre y una mujer
que obreros mostraban ser