por los trajes que vestían"

como dice Rafael en su comedia, y no entre ellos, como en la obra de mi amigo sino delante, iba un niño que, al pasar junto á mí, tropezó y cayó. Hice un movimiento para ayudarle á levantarse, pero el rapazuelo se puso en pie de un salto antes de que tuviese tiempo de alcanzarlo, y echando de ver mi solicitud, con un mohín de su carucha pálida y ojerosa en la cual brillaban unos ojos tristones, me dijo:

—No ha sío na.

—¿Cuántos años tienes?—le pregunté.

—Doce,—me contestó.

Y haciendo un esfuerzo, como si se avergonzara de haberse caído, siguió adelante perdiéndose con sus padres calle arriba, en tanto que yo tomé por una travesía para llegar más pronto aquí.

Mi encuentro con ese niño me dejó una impresión penosa. Penosísima.

Doce años dijo que tenía y te aseguro que su cuerpo era el de un chico de seis. ¡Qué raquitismo tan horrible! Me parece que cuento sus costillas al través de la blusa. ¡Y qué torax! No había en él espacio para que se dilataran sus pulmones, ni hueco para que la combustión de la vida se realizara.

Y la idea de aquel niño me despertó la imagen de otro niño á quien tú y yo queremos mucho, y estos dos niños me llevaron á pensar en todos esos pobres pequeñuelos condenados á muerte por la escrófula, candidatos á la tuberculosis, plantas nuevas cuyas raíces no hallan tierra en donde arraigar en los adoquines y las losas que cubren el alcantarillado de estas grandes ciudades. Pajarillos encerrados en un infecto y obscuro rincón de sus altos edificios, sepultados allí cuando empiezan á vivir, sin otra expansión que el juego en la estrecha y húmeda calle donde arroja su hálito envenado la boca de la alcantarilla, sin tener nunca un poco de aire puro ni un rayo de sol.

Y la angustia que experimenté me llevó con la imaginación... ya sabes donde. Pensé en aquella atmósfera saturada de iodo y de bromo, que como sueles decir penetra hasta lo más hondo de los pulmones; en aquel cielo esplendoroso y radiante y con la rapidez misma con que me acudió la idea, adquirí, como te decía, el terreno del vecino, eché por tierra sus viejas barracas, construí el edificio, y mira tú ¡qué bien se ve cuando, se sueña! Te veía á mi lado en la coquetona charrette tirada por el fogoso Spark, nuestro brioso ponny; vestías un traje azul de cielo, como el que llevabas la tarde aquélla en que desde las obscuras rocas del faro veíamos las olas encrespadas y rugientes rompiéndose á nuestros pies en brillantes nubes de nítida espuma; te sentía á mi lado rozándome casi con el hombro el ala de tu sombrero de paja, palpitante el seno, y veía (con más claridad que ahora mismo que te estoy hablando) la mirada curiosa que me dirigías á través del velo blanco, y más distinta y más timbrada aún que ahora mismo oía tu voz de notas cristalinas, que llegaba á mi oído una y otra vez, con las inflexiones dulces de una súplica, trayéndome estas palabras:—¿Para qué es ese edificio? ¡Dímelo! ¿No me ofreciste revelármelo cuando se terminara? ¿No está ya concluído?