—Mañana lo sabrás,—te repetía yo, gozando ya con la sorpresa que iba á proporcionarte al día siguiente.
¡Qué noche aquélla! La pasé en un segundo tal vez, y sin embargo, me pareció interminable. Llegó por fin la mañana, y á las doce salí solo en la charrette. En la playa me esperaban cinco ómnibus vacíos. ¡Y qué emocionado y absorto iba yo! Spark conocía bien el camino y él lo hacía todo. Dos ó tres veces hubieron de advertirme que evitase los coches que venían en dirección contraria.
Seguido de mis ómnibus llegué á la estación. Estaba seguro de que todo había de resultar admirablemente organizado. Para conseguirlo me había dirigido á los Doctores Tolosa y Salillas y á mis amigos del Museo Pedagógico.
Hendió el aire el agudo silbido de la locomotora, y al aproximarse el tren vi asomar por las ventanillas á los esperados huéspedes. Los Sres. Cossío y Rubio dirigían la expedición y los pequeños veraneantes, elegidos entre los niños pobres de las escuelas de Madrid, llenaban media hora después el nuevo edificio, en el que iban á proveerse durante una temporada, de aire y de luz, de salud y de vida.
Tu padre se reía para disimular su emoción que las lágrimas traicionaban; tu hijo, al recibir aquella impresión que le revelaba un mundo desconocido para él, con las energías de la realidad entrándole por los ojos, estaba entre suspenso y emocionado, y tu corazón de madre latía con fuerza cuando te presenté á mis amigos, y, rodeado por los pequeños entramos en el nuevo edificio.
En el sencillo vestíbulo una Victoria griega escribía en su escudo de mármol el nombre bendecido de M. Brion, iniciador de las colonias escolares, y la fecha (13 y 14 de agosto de 1882) del Congreso Internacional de Zurich, el primero á que acudieron hombres ilustres de todos los pueblos cultos para ocuparse de los resultados físicos, morales y pedagógicos que estas excursiones ofrecen y de otros temas, referentes á las mismas y no menos interesantes ciertamente.
Después de almorzar fuímos todos al bosque de pinos, en uno de cuyos claros se organizó el juego. Los chicos acostumbrados al martirio del silencio en las escuelas y habituados á sentirse á cierta distancia del maestro, al hallarse allí libres de esas impuestas trabas, dirigidos pero no cohibidos, parecían polluelos que, atados uno y otro día por fuertes ligaduras, se encontraran de pronto sueltos en medio de una pradera verde y lozana. Al principio sus movimientos eran torpes, todo les sorprendía, miraban con extrañeza á los maestros jugar con ellos y apenas acertaban á coger la pala ó la pelota. Pronto, sin embargo, se familiarizaron con aquella disciplina del espíritu que dejaba á sus cuerpecitos en libertad de fortalecerse y desarrollarse excitando su atención sobre el espectáculo hermoso de la naturaleza, la cual al sentirlos en su seno coloreaba suavemente sus mejillas, y devolvía poco á poco la vida y la animación á sus caruchas ajadas.
Al volver del bosque nos explicaba D. Manuel los tecnicismos de la hoja antropológica, en la cual constaban la filiación, los datos anatómicos, descriptivos y métricos, los datos fisiológicos y las anomalías de cada uno de los niños. Esta interesantísima suma de datos nos permitiría apreciar bien el resultado físico que aquel cambio de vida había de producir en ellos.
Me parecía oirle con la misma claridad con que te oía á tí decirme al separarnos.
—¡Qué clara, qué sencilla y qué hermosa es la ciencia!