¡Con cuánto interés seguimos al otro día la vida de los pequeños colonos!
Se levantaron á las seis de la mañana; después de atender á su aseo personal bajaron al comedor y se desayunaron cada uno con su copa de leche y sus ciento setenta y cinco gramos de pan. De nueve á diez, cada cual en su mesita escribía sus impresiones. ¡Qué relatos tan sencillos! ¡Qué espontaneidad tan simpática! No hablaban de memoria. Contaban lo que habían visto, repitiendo las mismas palabras muchísimas veces.
Primero escribían la fecha, número de kilómetros, descripción del camino, montañas principales, poblaciones importantes y edificios notables que veían desde el tren, naturaleza de los terrenos recorridos y otra porción de detalles en los cuales se adivinaba el índice extendido del profesor.
Luego venía el relato de la llegada. Casi todos los chicos hablaban de tí. El pequeñuelo de ojos azules, decía que eras "bonita como una muñeca grande, que le habías dado un beso á él y otros besos á los otros chicos; otro observó que llorabas al recibirlos "como madre cuando padre volvió de América"; otro que tenías "la mano color de rosa como el vestido y las uñas también color de rosa y redonditas y suaves." Hablaban luego de los pinos y del mar.
Por aquí iba en mis sueños cuando me llamaron esta mañana. Pero aun me parece tener delante todas aquellas imágenes frescas y rientes de los niños de la Colonia escolar. Y al recuerdo de las horas dulcísimas que mi sueño me ha proporcionado, siento una emoción tan honda y tan viva, que no puedo menos de levantar los ojos á ese cielo nublado que se ve por encima de las tejas de enfrente y pedirte que bendigas conmigo al niño raquítico, con quien me encontré anoche al volver del Ateneo, cuya imagen ha despertado en mi alma ese sueño de oro.
F. Degetau y González.
Madrid, Junio 1892.