Se hizo notar bien pronto el joven Vizcarrondo por la generosidad de sus sentimientos humanitarios: emprendió una campaña vigorosa contra los malos tratos que solían recibir los negros esclavos en algunas haciendas de la isla, y concluyó por hacer pública manifestación de sus ideas abolicionistas. Por este motivo fué desterrado del país en 1850, cuando apenas había cumplido veinte años de edad.
Vivió cuatro años en los Estados Unidos, y se saturó allí su espíritu de las ideas liberales que se agitaban en aquel gran pueblo, mientras se preparaba la famosa epopeya de la redención de los esclavos. Contrajo entonces matrimonio con una joven americana de cultura exquisita y de excelentes condiciones de carácter. Regresó Vizcarrondo á Puerto Rico en 1854; dió libertad á sus esclavos, para apoyar con hechos la eficacia de su propaganda abolicionista; fundó el Asilo de San Ildefonso, para la educación de niñas pobres, y escribió algunos libros para las escuelas de instrucción primaria. Fundó más tarde un periódico titulado "El Mercurio", y en él se dió á conocer como escritor ingenioso y ameno, y como propagador de ideas políticas y sociales incompatibles con la estrechez de miras del régimen colonial.
Por ellas volvió á molestarle el gobierno con advertencias y persecuciones, y entonces Vizcarrondo buscó en la misma capital de España un campo más espacioso y propicio para desarrollar sus ideas y poner en práctica sus nobles propósitos.
Allí se dedicó á trabajos de política y de beneficencia con actividad, inteligencia y eficacia verdaderamente admirables. Fué Secretario General del Comité revolucionario que preparó en Madrid la Revolución del 68; fundó la Sociedad Abolicionista Española, de glorioso recuerdo; fundó La Sociedad Protectora de Niños y el Hospital del Niño Jesús, y echó las bases del Hospital de Niños incurables, con la cooperación de las duquesas de Santoña y Pastrana. Durante la invasión del cólera en Madrid (1865) hizo verdaderas heroicidades, auxiliando á los pobres atacados de aquel terrible mal. En medio de la consternación pública fundó la sociedad de Amigos de los Pobres, que inició sus trabajos dando abrigos, alimentos y asistencia á los coléricos indigentes.
Como publicista fundó en Madrid la Revista Hispano Americana, que tuvo gran importancia en su tiempo; fué redactor de los diarios matritenses El Bien Público, La Discusión y La Democracia; fué corresponsal de varios periódicos importantes de Londres, Nueva York y Lisboa, y escribió correspondencias celebradísimas para El Agente, El Clamor del País, La Democracia y otros periódicos de Puerto Rico, haciendo popular con ellas el pseudónimo de "César de Bazán".
Fué diputado á Cortes por el distrito de Ponce, prestó servicios de gran importancia á Puerto Rico durante su vida, y figuró siempre entre los directores del partido republicano de España.
Su estilo como escritor era sencillo, claro y discretamente sazonado con ingenio y gracia. El artículo suyo que va á continuación contiene rasgos pintorescos de la vida social portorriqueña de mediados del siglo anterior, y describe un tipo muy curioso, del que aún quedan recuerdos en algunas comarcas del país.
EL HOMBRE VELORIO.
Hubo en Puerto Rico una época en que verdaderamente se ataban los perros con longanizas. Nos referimos á aquel buen tiempo en que era una verdad decir que donde comían cuatro, comían cinco; y no podía ser de otro modo, porque había mucho que comer, tal vez no tan de fantasía como lo que hoy conocemos con los nombres de pancée, souflée, troufée, etc., etc., pero de cierto que había comidas muy sabrosas, que saben confeccionar algunos rebeldes á los efectos de esa civilización que se entromete hasta en el lugar más sagrado de una casa, la cocina. Nos referimos al haragán mofongo, la persuasiva sopa de casabe, la melindrosa carne frita, etc., etc., que aún conservan sus prosélitos, por supuesto, deponiendo el título de gente de buen tono. La época de que hacemos mención, es aquella en que las calles estaban á oscuras, y cada una de ellas tenía más tropiezos que una mujer tropezona de nuestros tiempos; cuando las Miseña Josefa, y todas las otras Miseña engordaban su puerquito, y todas comían chicharrones (hoy se dice: «el que no mata puerco, no come chicharrón») y se hacían pasteles, hayacas y butifarras, y se repartía todo entre todos en un santiamén, y de postre se mandaban sendas fuentes de manjar blanco, ojaldres y suaves buñuelos, y se veían las criadas cruzarse, llevando los repartimientos de una á otra casa. Hoy la cosa se maneja de otro modo, por efecto de la civilización; el que mata un puerquito tiene buen cuidado de apretarle el hocico, no sea que chille y le oiga el vecino, y averigüe que hay puerco muerto en la vecindad, y mande por el rabo. Pero volvamos á la edad de oro. Otro de los rasgos característicos de aquella fecha, era el pedirse prestado los morteros unos á otros, y un poquito de culantro, y un dientecito de ajo, etc.; para resumir, entonces todo se daba, hoy no se da nada, y hacemos bien, entre paréntesis.
En la época á que nos referimos, se hacía patrullas por los paisanos, que es otra peculiaridad de aquel buen tiempo. Estas patrullas se reducían á reunirse una media docena de amigos y salir de parranda por la ciudad; uno llevaba pasteles, el otro pan, el criado de otro le andaba detrás en sus rondas con la cazuela de escabeche, y el del otro con la escandalosa y perfumada olla de mofongo, y la patrulla concluía por ir al atrio de la iglesia ó á la plazuela de Santiago, sentarse sobre el fresco suelo y tragarse el santo y seña bajo la forma dicha. Al siguiente día los que pasaban por aquel lugar decían, sin más antecedentes que las lustrosas envolturas de los pasteles: «aquí hizo alto la patrulla de anoche».