Los jóvenes de aquella época se paseaban de noche llevando en vez de varitas ó bastones, grandes espadones toledanos de siete cuartas, de esos que pelean solos, y que eran los compañeros inseparables de la juventud, después de las siete de la noche. Era golpe de gran hombre llegar á casa de la novia con el chafarote bajo el brazo, y tirarlo con desdén sobre una mesa.

En esa época, raro era el baile que no se acababa con algunos sablazos, pues los bailes justamente eran las galleras de la juventud. Para hacerse una pelea era suficiente motivo que D. Pepito, aprendiz de bailarín, no pudiendo seguir la estratégica trama de una contradanza, que el veterano D. Ramón ponía, con el nombre del Pabellón francés, ó el Canasto de flores, ó los Molinos, en cuyas figuras había que sudar á mares, y bracearse media hora, y pasar los hombres por debajo de los brazos de las mujeres, y las mujeres por encima de los hombres, y en que no faltaba un viejo experto que diese la voz de alarma: «ahora, doña, para entrar á tiempo». Si como dejo dicho, el neófito don Pepito no podía seguir el berengenal que plantaba don Ramón, y dejaba pasar una figura entera ó media cadena, D. Ramón se consideraba, altamente ofendido en lo más delicado de su honra, y era necesario que corriese la sangre para lavar tanta afrenta.

Del mismo modo se consideraba un motivo de desafiar el colocarse un hombre distraídamente en un puesto más arriba de lo que la rigorosa ordenanza danzante le permitía, y también tenía uno que romperse el juicio con un cualquiera, por sacar á bailar una joven que estaba comprometida á acompañar en aquella misma contradanza á otro, sin que sirviese de excusa el alegar que él ignoraba tal compromiso, y que la culpa era de la dama: no había más remedio: V. hacía de hablativo ó instrumento con que se hacía la cosa, y no cabía otro arreglo que, al salir del baile, irse á la bajada del cementerio, y recibir una tanda de planazos con el mismo compás de dos por cuatro, con que inocentemente bailó V. su retozona contradanza. De ese tiempo es que dicen los viejos, suspirando al recordarlo: «¡Ah, tiempo bueno!»

En aquella época la Isla aparecía como una sola familia compacta y unida. Las riquezas, convenientemente distribuídas, ofrecían el bienestar y la satisfacción, que se retrataba así en el rostro del rico hacendado, como en el del honrado proletario. El lujo no se había abierto camino en nuestra Isla, y alternaban gustosos en las modestas reuniones junto con el opulento comerciante ó propietario, sus dependientes ó servidores.

Pero vamos á nuestro hombre velorio, originario de la época á que acabamos de referimos, y en la que se concurría á un velorio como á una fiesta cualquiera; aquel hombre se diferencia muy poco del tipo de nuestros días, diferencia que no ha podido menos de establecer la civilización.

La primera diligencia del hombre velorio, al oscurecer, era informarse de la salud de los enfermos en la población, fuesen ó no amigos suyos, porque para el hombre velorio importaba poco el grado de intimidad que le uniese con el paciente: con llegar por la casa así como por casualidad, de una manera que él sabía y que nosotros no podemos explicar, ya tenía bastante. En tratándose de velorio, nuestro tipo no tenía jurisdicción marcada. Una vez al corriente del estado de los enfermos, iba á su casa y se ponía su traje de velorio, que consistía, por lo regular, en camisa y pantalón «de andar de noche»; un redingot de irlanda cruda, un par de chinelas, un sombrero de panamá en el cuarto grado de consunción; y en vez del chafarote de marras, un bastoncito de naranjo, cieniguillo ó Juan caliente; completando su ajuar un pañuelo de bolsillo de grandes dimensiones y grandes flores.

Nuestro hombre llegaba al velorio y ponía la cara de conformidad con el estado de gravedad del enfermo, ó cambiando en un todo el escenario de la fisonomía, si era velorio de muerto grande, y presentando otra decoración distinta, si era de muerto pequeño, que en este caso se llamaba técnicamente velorio de angelito.

El hombre velorio llegaba en puntillas de pie, haciendo señas con la mano para que nadie se moviese. Colocaba el sombrero en un rincón, y antes de hacerse cargo de la silla sobre que había de pasar la noche, miraba á su rededor para reconocer el campo de sus operaciones. Su primer diligencia era indagar si había comestibles, y á qué clase pertenecían, y no se sentaba hasta que no lo averiguaba, para lo cual daba dos ó tres paseos, siempre dirigiendo disimuladamente la vista por todas partes, y no se acomodaba hasta saber el estado de las provisiones, porque para poder velar bien, consideraba necesario que hubiese algo que comer; á lo contrario se le llamaba profesionalmente velorio á palo seco, y nuestro hombre no entraba por esa clase de velorios: si descubría que había que correr el temporal á palo seco, viraba de bordo y seguía otro rumbo. Una vez satisfecho de que había algo, procuraba informarse de quiénes eran los compañeros de velorio, porque había también mujer velorio y tenía su reputación formada de buena compañera de velorio, que era frase que oíamos á menudo.

Enterado ya de cuanto necesitaba saber, colocaba su silla en un lugar conveniente, es decir, entre las mujeres, y al lado de la mujer velorio, y ya estaba nuestro hombre en su elemento.

Antes de todo, y pocos momentos después de haberse sentado, vuelve á levantarse y se dirige al depósito de los pasatiempos, mete la mano en la bandeja de tabacos, y se apodera de más de los que necesita por el momento, echa un traguito, come algunos bizcochos y vuelve á ocupar su lugar. Ya está el tabaco prendido y puede darse principio á los chascarrillos; el hombre velorio es un manantial de anécdotas, y sabe decirlas con graciosa seriedad y una voz propia de velorio, lanzando por la boca una nube de humo á cada «pues señor». Mientras que el hombre velorio cuenta sus chascarrillos, las mujeres apoyan la barba sobre la mano abierta, y fijos en él sus ojos mascan el cigarro que tienen en la boca, haciendo creer que se limpian los dientes, y las viejas los prenden y fuman como murciélagos, diciendo cada vez que el cuentecillo se enrojece, al echar una nube de humo por la boca: "Jesús con Vd., don José." Y don José aumenta el colorido del cuento, las muchachas se miran unas á las otras, y algunas de ellas, de risibles propensiones, por no romper la carcajada se tapan la boca con el pañuelo y se hacen mil contorsiones en la silla. Es de rigor que haya un pollo en el velorio, y que sea pollo enamorado, que va detrás de alguna hija de Eva en los primeros albores de la juventud.