El hombre velorio es el protector de esos amores por aquella noche, aconseja y anima al pollo y le hace lugar, diciéndole de vez en cuando: «ahora es tiempo, no seas tonto, aprovecha la ocasión». Así se pasa la noche entera, la cual se ameniza muy á menudo con copitas de vino, bizcochos, azucarillos y cigarros, de los cuales hace una provisión para muchos días. Desde las tres de la mañana ya empieza nuestro tipo á indicar que es hora de estar listo el pan caliente; se ofrece—por vía de estirar las piernas—á ver si aquél está ya cocido, y él mismo va á informarse á la próxima panadería.
Á las cuatro de la mañana ya las viejas están apestosas á cabos de tabacos, y las muchachas de mal talante y peor color, y unas y otras con el indispensable pañuelito atado á la cabeza.
Los muebles están en desorden, y allá y acullá por los rincones se ven algunos de los veladores dormidos sobre una silla, haciendo la figura más triste, pues sus compañeros más fuertes, como uno de los recursos de la diversión en el velorio, les han tiznado la cara con un corcho carbonizado. Ya á esta hora han desaparecido todos los comestibles de la noche, y el hombre velorio anda por la cocina activando el café, y disponiendo que se haga cargadito.
Ya vienen las tazas y se oye el ruido de las cucharas al caer en los platillos: el caliente pan se anuncia con su peculiar olor al dividir en dos la tostada libra que tiene el hombre velorio, quien al echar de menos la mantequilla, dice como pudiera decir un químico al ver que en lo más preciso de una operación le faltase el más indispensable ingrediente: «¿Y la mantequilla, por Dios? ¿Y la mantequilla? ¿Quién tiene la mantequilla? ¡Lo menos se han olvidado de la mantequilla! ¡Corran, por Dios, por esa mantequilla, ó se pierde todo esto!» Y vuelve á cerrar el pan antes que se enfríe. Viene la mantequilla, vuelve á abrir la olorosa libra de pan, se le unta la apetecible grasa, y el cuchillo empieza su tarea de dividirla en rebanadas. Cada cual se acerca, toma su taza de café y su apéndice de pan, y se retira á un lado.
El hombre velorio es el único que se queda al pie de la mesa, porque primeramente le ha quedado el café muy dulce, y lo ha venido á notar después de haberse bebido la mitad de la taza, la cual llena nuevamente para que le dé sazón á su gusto. Luego le falta pan para concluír el café que le queda en la taza, y toma otra rebanada, y como es natural le sobra después el pan, y tiene que echar más café para concluír con él, á fin de que ambos concluyan á un tiempo. De un fresco jarro lleno de agua serenada, que está en una jarrera en el patio, toma agua, se lava las manos y los relumbrosos labios, que limpia con su pañuelo de color. Prende otro cigarro, no de los que han estado depositados en el bolsillo toda la noche, sino del abastecedor azafate; se levanta el cuello del redingot, y se lo abotona hasta el último botón, para no refriarse; se cala el sombrero, y sale en puntillas de pie, diciendo al taparse la boca con el pañuelo: «¡Hasta mañana!» Y de seguro que volverá mañana y pasado, y todas las noches en que haya velorio.
FEDERICO ASENJO.
Así como hay hombres de inteligencia brillante, inquieta, bulliciosa y expansiva, que se imponen poderosamente á la atención pública, y tienen más viso y repercusión exterior que capacidad interna, los hay también de inteligencia concentrada, de carácter apacible, asiduos en el estudio y en el trabajo; de más talento que apariencia, modestos y enemigos de ostentación. Á estos últimos pertenecía don Federico Asenjo.
Nació en Mayagüez, el día 26 de Abril de 1831. Su padre era un militar español, natural de Castilla la Vieja, y su madre una dama venezolana, descendiente también de una noble familia de castellanos. El servicio de las armas obligó al Sr. Asenjo padre á trasladarse á San Juan cuando Federico era todavía niño, y aquí adquirió éste la instrucción primaria, y fué más tarde alumno distinguido del Seminario Conciliar.
Aprendió con perfección la lengua latina y la francesa, y gracias á ellas y á su constante afán de estudiar, logró extender considerablemente el círculo de sus conocimientos, ilustrar su mente y llegar á ser uno de los portorriqueños más instruídos de su tiempo.