Sin la institución de la familia la de la propiedad hubiera sido casi estéril, y apenas hubiera bastado para hacer atravesar á las sociedades humanas esa primera etapa de la civilización, ese estado social tan imperfecto, que se asemeja tanto á la barbarie, y en el que vegetan todavía los pueblos del Oriente, en los que la poligamia no ha permitido que desarrolle y ejerza la acción que le es propia el espíritu de familia.

En la época presente han aparecido algunos soñadores que, en sus planes quiméricos de organización social, han hecho abstracción de la familia, como otros habían hecho antes abstracción de la propiedad: y los hay como los discípulos de Fourier, los falansterianos, que libertando al padre de toda responsabilidad por lo que toca á su esposa y á sus hijos, y á éstos de toda dependencia de aquél, pretenden hacer á la sociedad la única responsable de lo que hiciera y llegara á ser cada uno de sus miembros desde el momento de nacer hasta la hora de su muerte.

Pretenden según dicen, si no estoy errado, no destruir la familia sino desembarazarla de las obligaciones onerosas que tiene, conservándola todas sus ventajas. En su falansterio, creen ellos que el libre impulso de las pasiones naturales bastará para hacer nacer esas relaciones mutuas de protección y dependencia, que han establecido las leyes y las costumbres de las sociedades civilizadas; pero puede asegurarse que con la realización de esta monstruosa utopia se destruiría más radicalmente la familia, que pasando bruscamente á un completo estado de aislamiento.

Entre los salvajes, en efecto, como no existe la sociedad como ser colectivo, y no puede por tanto encargarse de proveer á las necesidades de las esposas y de los hijos, ni protegerlos de ningún modo, su debilidad relativa los somete necesariamente á la dominación del padre de familia, al mismo tiempo que los afectos instintivos de éste les aseguran, por todo el tiempo que les es preciso, su asistencia y su protección, tanto en las necesidades á que están sujetos, cuanto en los peligros á que se hallan expuestos; por lo cual puede decirse que la familia existe en el estado de aislamiento, si bien de una manera imperfecta y precaria, pero con sus caracteres esenciales y aun con cierta especie de responsabilidad, de hecho si no de derecho, para el que es jefe de ella.

En el falansterio nada de esto existe. La sociedad ó la falange, sustituyendo bajo todos los puntos de vista al padre de familia, no dejaría nacer esas simpatías y esos hábitos que tiende á producir la vida común, y que en el salvaje sustituyen al sentimiento del deber. No sólo se vería de este modo alterada la familia en lo que constituye su esencia, sino que sería imposible, y la humanidad descendería más abajo de la línea en que se encuentran las razas que permanecen todavía extrañas á la civilización.

RAMÓN MARÍN.

Nació en Arecibo, en el año 1832, y fué educado en el Colegio de San Felipe, que en dicha villa dirigía el Padre Mariano Vidal.

Desde muy joven se dedicó Marín á dar lecciones de instrucción primaria á domicilio, y á los 18 años de edad era director de una Escuela en Cabo Rojo. Seis años después se graduó de Maestro de primera clase, y fué solicitado por los padres de familia de Yabucoa, para que fundase allí un Colegio.

En él se dió á conocer Marín como educador excelente; pero á medida que ganaba crédito entre sus compatriotas y discípulos, iba inspirando sospechas de hombre peligroso á los gobernantes de aquel tiempo, hasta el punto de que uno de ellos, el general Messina, le desterró de Yabucoa. Más tarde otro gobernador le repuso en la dirección de aquel Colegio.