El artículo suyo que se inserta á continuación, fué copiado de El Jíbaro, en su edición aumentada—1882.

EL SUEÑO DE MI COMPADRE.

Como no podía menos de suceder en la tierra clásica de los compadres, tengo yo varios, y entre ellos uno que, con el necesario permiso, presento á mis lectores. Llámase Don Cándido, y le cuadra perfectamente el nombre: lo que no le cuadra es el apellido Delgado, porque pesa más de doscientas libras.

Este mi compadre es un bonachón á carta cabal, servicial y consecuente como pocos; pero fundido en el antiguo molde colonial. Para él el Gobernador es todavía el Capitán General de otros tiempos, la Audiencia, el ya olvidado Asesor de Gobierno, y los Alcaldes, los hace tiempo difuntos Tenientes á Guerra (Q. D. G. G.). Siempre que se le habla de gobierno, de administración de justicia ó de cualquier otro ramo, siempre que oye la relación de un suceso que necesita correctivo, siempre que alguien se queja de que le han hecho una injusticia, contesta de un modo invariable. "¡Si yo fuera Capitán General!"

—¿Qué harías?—le he preguntado algunas veces. Entonces me ha contestado sin vacilar, y según los casos: que separaría al Alcalde ó al Juez, que pondría en el castillo del Morro al Intendente, que embarcaría bajo partida de registro á toda la Audiencia, que desterraría al Obispo y hasta fusilaría á la Diputación Provincial. El bueno de mi compadre no se para en barras, y aunque incapaz de ver morir al pollo que han de servirle en el almuerzo, sería—por supuesto, de palabras—una fiera que acabaría con todos los empleados si, como él dice, fuera Capitán General.

Hace pocos días y al siguiente de uno en que habíamos discutido muy largo, no sobre la bondad de su sistema de gobierno, porque sobre este punto mi compadre no admite discusión, sino sobre las dificultades que habría que vencer al ponerlo en práctica, lo vi entrar en mi casa tan alegre, que le pregunté si había sacado el premio grande de la lotería.

—No he sacado premio grande ni chico; pero he sido ya Capitán General, y por cierto que no me ha gustado el oficio.

Quedéme parado al oir esto, porque se me ocurrió la idea de que el pobre hombre se había vuelto loco.

—Vaya, me dijo al notar mi turbación. ¿No quiere vd. saber cómo ha pasado cosa tan rara?

—Nada deseo tanto como saberlo.