—Pues allá va mi historia, me contestó, después de sentarse y de encender un cigarro:

—Anoche me recogí á la hora de costumbre; media hora después mi mujer me despertó, porque mis ronquidos no la dejaban dormir: me volví del otro lado, y á poco empecé á soñar que ocupaba el palacio de la Fortaleza como dueño de la casa. Mi ayudante de servicio estaba en su puesto para anunciarme las personas que iban llegando, y yo, como si en mi vida no hubiera hecho otra cosa, las recibía ó hacía esperar, según su importancia ó la del asunto que había de tratar con ellas.

Yo estaba completamente transformado: mi natural encogimiento se había convertido en soltura, mi timidez en arrogancia, y mi lenguaje torpe en elegante facilidad. Me encontraba más instruído en todas las materias que cuantos conmigo hablaban, y resolvía las cuestiones con un acierto que jamás hubiera creído tener. Todo esto me admiraba; pero lo que menos podía comprender era cómo había adquirido el don de leer en el interior de cada uno lo que pensaba cuando me dirigía la palabra; de manera que conmigo no había falsedad ni disimulo posibles.

El primero que se me presentó fué un señor, llegado de cierto pueblo de la isla, vestido por un buen sastre, aunque llevaba la ropa como el que á ella no está acostumbrado: lucía sobre el chaleco gruesa cadena y pesados dijes de reloj, y en la camisa ricos botones de brillantes; pisaba recio, hablaba alto, y en ciertos momentos ponía cara de traidor de melodrama. Hablóme mucho de sus tierras, de sus cañas, de sus ganados, y cuando hizo recaer la conversación sobre las personas más notables de su pueblo, me aseguró que allí no había más hombres honrados que él, dos amigos suyos y el Alcalde. Los demás, debían inspirarme muy poca ó ninguna confianza, porque eran díscolos, intrigantes, y sobre todo, enemigos del orden y del principio de autoridad. Por fortuna, y gracias al don de penetrar en su pensamiento de que yo disfrutaba, estaba oyendo que interiormente se decía:

"¡Si supiera este buen General que vendido todo lo que tengo, no alcanzaría para pagar á mis acreedores, que algunos de ellos están en la miseria, mientras yo nado en la abundancia, y que si recomiendo al Alcalde y á los otros dos sujetos, es para que no vean el lazo que les preparo, con el fin de acabar con ellos en la primera ocasión!..."

Tentaciones me dieron de echar aquel villano á puntapiés; pero me contuve y le despedí, cuando entraba otro sujeto de buena figura, tan cortés, tan elegante y de maneras y lenguaje tan respetuosos, que me agradó sobremanera. Traía el encargo de presentarme una exposición de un convecino suyo que, según me aseguró, era no sólo el más rico, sino también el protector, el padre de todos los habitantes de su pueblo, donde nada bueno se hacía sin su anuencia. Él socorría á los necesitados, ponía en paz á los desavenidos, era, en una palabra, la providencia que llevaba á todas partes la dicha y el contento.

También éste me engañaba, según leí en su interior. El padre, el bienhechor, la providencia era el azote de aquel pobre pueblo: se había hecho rico á fuerza de mil bajezas y crímenes, que habían quedado impunes, y la pretensión que ahora tenía era la de que se le concediera la explotación de un monopolio injusto y dañoso á sus convecinos.

Después de este agente de malos negocios se me presentó un maestro de escuela, que venía á quejarse del Alcalde y del Ayuntamiento. Á este infeliz cargado de familia le debían ocho meses de sueldo. Al principio encontró quien le prestara dinero al tres por ciento de interés mensual; pasado algún tiempo, otro sujeto se lo facilitó al de un real al mes por cada peso, y últimamente á ningún precio se lo querían dar. Acosado por el hambre fué á ver al Alcalde, y éste, que llevaba cobrados hasta el día todos sus sueldos, le contestó, como otras veces: "No hay dinero: veremos si se cobra algo."

—Lo que aquí no hay es justicia, y lo que se cobra es para pagar á otros y no á mí; replicó desesperado el mísero profesor.

Por esta contestación le suspendieron de empleo y sueldo, y se le formó causa por desacato á la Autoridad.