—¿Y de qué se alegra usted?—me contestó mirándome con gravedad.
—Me parece que eres feliz.
—¡Oh! sí; completamente feliz—me contestó—ya lo creo: al cabo le tenemos a usted.
—¡Le tenemos!—exclamé con extrañeza.
—Sí, sí por cierto, el padre Ambrosio y yo. Y aun el mismo Mustafá, mírele usted echado entre nosotros y mirándole de hito en hito. A pesar de que es ya viejo no se ha olvidado de usted; no es usted para él una persona desconocida... ¿Ha ido a verle a usted el padre Ambrosio?
—No por cierto, y me hubiera alegrado mucho de verle.
—No se habrá atrevido... es tan tímido.
—Yo iré a verle cuando salga de aquí; pero es necesario que me digas donde vive.
Amparo se levantó y escribió las señas que me entregó.
Tenía un precioso carácter español.