Amparo salió hasta el recibimiento y me tendió la mano con la mayor naturalidad.
—Otra vez no pida usted que le anuncien,—me dijo sonriendo.
Y me llevó a la sala asido de la mano.
El contacto de aquella preciosa mano, que estrechaba dulcemente la mía con una noble confianza, como se estrecha la mano de un protector a quien se ama, me causaba una impresión que en vano querría explicar: parecíame que aquella mano me transmitía otra vida más pura, más fácil; me embriagaba en un goce lánguido y tranquilo...
Indudablemente yo estaba enamorado de remate y divinizaba todo lo que pertenecía a Amparo; todo lo que emanaba de ella.
Pero yo iba preparado, y tuve bastante fuerza de voluntad para no mostrarme ni más ni menos interesado por ella que como lo estaba seis años antes.
Ella estaba perfectamente tranquila, alegre, confiada y retenía mi mano en la suya, no como la retiene un amante, sino como retiene una hija la mano de su padre, de quien ha estado separada muchos años.
La contemplé durante algún tiempo sin perder ni un instante el cuidado de mí mismo, temiendo que una mirada, un accidente cualquiera la hiciese conocer el verdadero interés que me inspiraba.
Yo era entonces un cómico que representaba dolorosamente su papel.
—Me alegro—la dije al fin.